Hay una cosa bastante curiosa del ser humano moderno. No vuela, no tiene rayos láser en los ojos, no atraviesa paredes… pero está convencido de que tiene poderes. Y no uno solo. Varios. Una especie de Avengers cívicos, pero con Wi-Fi.
Tenemos el poder de opinar. El poder de criticar. El poder de elegir a los gobernantes. El poder de… bueno… sentir que tenemos poder.
Y ahí termina el catálogo.
Porque opinar, opinamos todos. Eso es innegable. Opinar es el deporte nacional de la humanidad. Si opinar quemara calorías, Twitter sería un gimnasio olímpico. El problema es otro: ¿quién escucha?
Si sos un influencer gigante, tal vez te lean cien mil personas. Si sos una celebridad mundial, quizás unos millones. Pero incluso así, en términos planetarios, seguís siendo apenas un murmullo en medio de un estadio lleno.
Y si sos un simple mortal con cuenta en X, como la mayoría de nosotros, tu opinión tiene el mismo peso político que la de un mosquito zumbando en una tormenta.
Sí, algunos miles pueden darte like, retuitearte, comentarte con fueguitos y aplausos virtuales. Hermoso. Pero si querías cambiar algo en tu país… mala noticia: la mitad de esos seguidores viven en otros países, la otra mitad está viendo memes, y varios probablemente creen que Uruguay queda entre Ucrania y Uzbekistán.
O sea, opinamos… pero al vacío.
Después está el poder de criticar. Ese sí lo ejercemos con una dedicación admirable. Si hubiera un campeonato mundial de crítica desde el sillón, Uruguay arrasaría.
X está lleno de críticos. Analistas. Estrategas. Economistas improvisados. Constitucionalistas nocturnos. Generales de teclado. Yo incluido, por supuesto. Nadie se salva. Criticamos al gobierno. Criticamos a la oposición. Criticamos al árbitro, al VAR, al clima, a la inflación, al horóscopo. Criticamos todo.
Pero en la práctica, la crítica digital es algo así como gritarle a la televisión durante un partido. Te desahogás, gesticulás, incluso insultás… y el partido sigue exactamente igual.
Y en el caso más extremo, cuando tu crítica le cae mal a algún intocable del poder, el premio mayor es que te llamen de fiscalía. Lo cual, curiosamente, es la única señal concreta de que alguien finalmente te escuchó.
Pero el mayor de todos nuestros superpoderes imaginarios es este: creer que elegimos a nuestros gobernantes. Ese es el truco más elegante de todos.
Porque individualmente no elegimos nada. Nuestro voto, aislado, pesa lo mismo que una gota en el océano. Una sola gota que entra convencida al mar pensando que está cambiando la marea.
El que realmente elige es el rebaño.
Y gana quien logre juntar el rebaño más grande. No el más inteligente. No el más capaz. No necesariamente el más honesto. Gana el que mejor se disfrace.
La política moderna es básicamente una competencia de disfraces: gana el lobo que logre parecer más oveja.
El lobo sonríe. El lobo promete. El lobo dice “soy uno de ustedes”.
Y el rebaño, emocionado, lo sube al trono del corral.
Una vez arriba, pasa algo fascinante. El lobo se saca la máscara. Ni siquiera con mucha vergüenza. A veces lo hace con total naturalidad, como quien se afloja la corbata después del trabajo.
Y entonces empieza a hacer exactamente lo que hacen los lobos.
Pero lo más increíble no es eso.
Lo increíble es que el rebaño, que ya se mandó la cagada monumental de poner al lobo a cargo, sigue aplaudiendo. Algunos incluso defienden al lobo con fervor religioso.
“Es que no es tan lobo.” “En realidad está protegiendo a las ovejas.” “Los otros lobos eran peores.”
Y así seguimos.
Cada tanto cambia el color del disfraz, cambia el eslogan, cambia la cara en los carteles… pero el mecanismo sigue siendo el mismo desde hace siglos.
Mientras tanto, nosotros seguimos convencidos de que tenemos poder. Que nuestra opinión cuenta. Que nuestro voto define el rumbo de la historia.
Y quizás sea necesario creerlo. Tal vez la ilusión sea parte del sistema operativo de la sociedad. Un pequeño autoengaño colectivo para que todo siga funcionando sin que nadie patee la mesa.
Porque admitir la verdad sería bastante incómodo.
Sería reconocer que vivimos en una especie de democracia terapéutica: un sistema donde millones de personas participan, opinan, votan, discuten… y al final del día sienten que hicieron algo importante.
Aunque, en términos prácticos, el resultado sea más o menos lo mismo gobiernen estos… o gobiernen los otros.
Pero bueno. Siempre nos queda nuestro superpoder más fuerte: seguir opinando en internet y con suerte, juntar algunos likes que nos hagan sentir, por cinco minutos gloriosos, que estamos cambiando el mundo. Aunque el mundo ni se haya enterado.
