Imaginate a Vichadero en los años 80. Sin iluminación, sin asfalto, envuelto en una oscuridad total desde las seis de la tarde en invierno. En la calle principal, a lo largo de sus apenas veinte cuadras, brillaban tres o cuatro luces solitarias del alumbrado público. El resto era una auténtica boca de lobo.
Una de esas noches yo estaba trabajando en la radio, cuando llegó un compañero hecho una furia.
—¿Qué pasó? —le pregunté, sorprendido.
—¡Que me tiene podrido ver poco! —me gritó, rojo de rabia.
—¿Por qué?
—¡Porque si no saludás, quedás como un maleducado!
—No entiendo…
—Salí de casa y, al cruzar el campito de enfrente —que es oscurísimo, además de mis malditas cataratas—, me pareció ver a alguien. Para no parecer maleducado, saludé.
—¿Y? ¿No te respondió?
—¡No! ¡Cómo iba a responder! Me acerqué un poco más… ¡y era un caballo! ¡Había saludado a un caballo que estaba pastando!
Nos reímos durante varios minutos. Pero aquella anécdota, más allá del chiste, decía mucho. En esos tiempos, la buena educación era algo que se respiraba: saludar al vecino, agradecer, pedir permiso… eran gestos tan naturales como respirar. Formaban parte de lo que éramos. Nadie necesitaba pensarlo dos veces, porque así se vivía, así nos habían enseñado.
Hoy, mirando hacia atrás, uno siente cierta tristeza. Porque con el paso de los años y el avance de las nuevas costumbres, esa educación sencilla, ese trato amable, se fue perdiendo.
La mala educación ya no es una excepción: se ha vuelto una costumbre contagiosa, sobre todo en las redes sociales, pero también en la vida diaria. El respeto, la amabilidad, el hablar con propiedad, esas pequeñas joyas del trato humano, se fueron desdibujando, dejando su lugar a la agresividad, la ansiedad por responder rápido y el descuido en la forma.
El contraste con el pasado
Para nuestros padres y abuelos, el saludo, el “por favor” o el “gracias” no eran adornos, sino la base de la convivencia. Quien no lo hacía, no solo era visto como descortés: era corregido, enseñado, reencauzado. Había una conciencia clara de que el respeto a las formas era, en el fondo, respeto a la persona.
Era ese pequeño cemento invisible que mantenía unida a la comunidad. Y funcionaba.
¿Qué dicen los estudios?
Diversos estudios en países como Noruega, Dinamarca, Gran Bretaña, y Estados Unidos han sugerido que, en las últimas décadas, la tendencia de que cada nueva generación sea más inteligente que la anterior se ha invertido.
Las razones de esta pérdida
Hoy las cosas cambiaron, y no solo por nostalgia. Hay causas profundas detrás de esta involución en la educación social.
La tecnología y las redes sociales La comunicación digital nos volvió más rápidos… y más impulsivos. Detrás de una pantalla, sin mirar a los ojos, se pierde el filtro de la empatía. Nos acostumbramos a opinar sin pensar, a reaccionar antes de sentir.
El ritmo frenético y la inmediatez hacen que las palabras salgan más rápido que las ideas. La cortesía, la paciencia, el tono amable… se sacrifican en nombre de la velocidad.
Los cambios en la familia y la educación También cambió la forma de educar. Se desdibujaron los límites, se relativizó la autoridad, se exaltó lo individual por encima de lo colectivo.
Y no está mal enseñar a ser uno mismo, claro, pero en el camino dejamos de enseñar a convivir. A escuchar, a pedir perdón, a tolerar la frustración.
Nos enseñaron a “expresarnos”, pero no tanto a “considerar al otro”.
La pérdida de cohesión social Vivimos en una sociedad más polarizada, más fragmentada. Cada uno defiende su opinión como si fuera una bandera de guerra. Hoy cada uno vive encerrado en su mundo y han desaparecido los espacios de encuentro comunes hace años, y sin esos espacios, el respeto se vuelve un lujo, no una costumbre.
La paradoja de la inteligencia moderna
Curiosamente, los estudios dicen que somos más informados que nunca, pero no necesariamente más sabios. Incluso hay investigaciones que hablan del “Efecto Flynn Inverso”, un fenómeno donde las nuevas generaciones parecen perder algunas habilidades cognitivas, como el razonamiento lógico o la comprensión verbal.
No se trata de genética, sino de ambiente: el exceso de pantallas, la educación centrada en la inmediatez, la falta de diálogo profundo. Todo eso va empobreciendo nuestro lenguaje y, con él, nuestra capacidad de empatizar.
Y cuando faltan las palabras, sobra la agresividad.
El anhelo de la “dictadura” del buen comportamiento
Llegados a este punto, uno no puede evitar cierta nostalgia por esa época donde la cortesía era una obligación.
Podríamos llamarla, con un poco de humor, la “dictadura del buen comportamiento”. No porque oprimiera, sino porque nos recordaba, día a día, que el otro existía.
Aquella “tiranía” tenía sus virtudes:
Era una dictadura del respeto mutuo. Si no saludar era mal visto, era porque ignorar al otro era una falta grave. Nos forzaba a reconocer la existencia del prójimo. Era una disciplina cotidiana de empatía.
Era una ley que traía paz. Hablar con amabilidad no era una formalidad hueca: era la garantía de que las diferencias no se convirtieran en agresiones. Se discutía con firmeza, sí, pero sin perder el tono.
Era el cimiento de una comunidad. La cortesía nos recordaba que todos éramos parte de algo mayor. Que la convivencia se sostenía con pequeños gestos: un saludo, una sonrisa, un “por favor”. Hoy, en cambio, vivimos bajo la dictadura del yo, donde importa más la voz propia que la armonía del conjunto.
Por eso, ojalá vuelva esa “dictadura” amable. Esa presión social que nos empujaba, casi sin querer, a ser mejores.
A pensar antes de hablar. A cuidar lo que decimos. A ser educados, aunque estuviésemos en desacuerdo.
Porque, al final de cuentas, la buena educación no encadena la libertad: la ennoblece.
Y quizás, solo quizás, si volviéramos a saludar, aunque sea a un caballo en la oscuridad, el mundo sería un poco mejor…
