Hoy, me levanté con una indignación que no me cabe en el cuerpo, te juro. Una de esas calenturas de exportación, bien de uruguayo que mira el informativo y siente que la presión le sube a niveles de caldera vieja de AFE. Pero ojo, que es una indignación explosiva pero de muy corta duración, porque si me lo tomo en serio, el que termina con un stent en el CTI soy yo, mientras los protagonistas de las «joyitas» actuales están lo más campantes, contentos y felices de vacaciones.
Lo que está pasando en el país es una oda al disparate. Tenemos una colección de personajes que harían quedar a Maquiavelo como un niño de jardín de infantes con problemas de aprendizaje.
Los «Estrategas»: Esos que borran tuits como si fuera un deporte olímpico. ¡Qué agilidad, por favor! Uno acá se olvida la contraseña del Facebook y ellos tienen un doctorado en «limpieza de evidencia express».
Los «Yo no fui»: Una cantidad de gente con amnesia selectiva que asusta. Parece que el agua de la canilla, aparte de marrón y con gusto a mierda, le agregaron también un componente que te borra la memoria de la última vez que pasó y hablaban “llorando” (una mala actriz cuando llora se le nota de lejos que está fingiendo) y hablando de niños con malformaciones, y ahora te dan barro mojado por la canilla y tenés que estar agradecido dado que el barro en esa concentración es saludable para …bueno…para algo será saludable…
La salud express: Y no podemos olvidar el milagro médico del año: esa salud pública, o privada, ya ni importa, que en apenas 48 horas le dio el alta al joven que el Ministro del Interior decidió usar de valla de contención con su camioneta. Es una eficiencia que asusta, che; parece que si te atropella un jerarca, las fracturas se sueldan solas por el simple peso del protocolo y los traumatismos graves se curan con un «vaya a su casa y no haga ruido». Nos quieren vender que «no fue nada», un tropezoncito con un paragolpes oficial, cuando en realidad el tipo está más roto que las promesas electorales y necesitaba un rigor médico que acá se canjeó por relaciones públicas. Es la justicia del «uy, perdón»: si sos un hijo de vecino y pisás un perro, te cae hasta el FBI, pero si sos el intocable del momento, la víctima se cura por arte de magia administrativa, para no arruinarle el asado al señor, confirmando que en este bendito país la gravedad de las lesiones depende directamente de quién apretaba el acelerador.
La opoficción: Y para completar este cuadro de comedia barata, tenemos a nuestra «feroz» oposición, esos campeones de lo tibio que además les gusta la tibieza, y que ante los múltiples atropellos figurados y reales de este desastre de gobierno, reaccionan con la contundencia de un flan en pleno enero. Mientras el país se cae a pedazos y el sentido común pide a gritos que hagan algo, que digan “algo serio” ellos se limitan a «condenar con profunda preocupación» y a «exigir disculpas», como si un «perdón, se me chispoteó» fuera suficiente para arreglar las cosas que están más rotas que un rompecabezas .
En la vida real, el «final feliz» parece estar reservado para el que tiene la cara de amianto y el alma de piedra. ¿Querés triunfar? ¿Querés que te aplaudan en el club social? Bueno, parece que tenés que ser un reverendo hijo de mil putas. Si sos derecho, trabajador y pagás la patente al día, lo único que ganás es una gastritis crónica y el derecho a ver cómo el otro se va de vacaciones con la tuya.
De lo que más me río (para no llorar) es que acá los ciudadanos de a pie nos indignamos, puteamos a la tele, escribimos tuits re calientes y nos sube el cortisol hasta las nubes. ¿Y ellos?
Ellos están ahí, felices, lo más campantes, comiendo un asado que sale más que mi sueldo entero, riéndose de lo lindo.
Nuestra indignación es el combustible de su éxito. Mientras nosotros nos enfermamos de estrés, ellos se lo curan con masajes en un spa de cinco estrellas. Es una asimetría maravillosa: nosotros ponemos la úlcera y ellos ponen el champagne.
Así que, hermano, yo decidí que mi indignación hoy es una pose. Voy a mirar la próxima noticia de corrupción o de acomodo con una sonrisa cínica, voy a tomarme un mate amargo, bien amargo, como la realidad, y voy a aceptar que el mundo es de los pillos, y hasta estoy pensando si no sería mejor convertirme en uno…
Porque al final, si ser un tipo honesto te da hipertensión y ser un «hijo de mil» te da un yate, claramente estamos leyendo el libro de reglas equivocado.
