El polvo en los ojos

A veces se me viene el pasado encima. Son retazos de cuando era un gurí, imágenes que me visitan con una carga de nostalgia que lastima. Me veo ahí, con apenas cuatro años, en esas travesías interminables a caballo. Mis viejos me llevaban a pescar a lugares que, para mi cabeza de niño, quedaban del otro lado del mundo.

Tengo grabada una tarde a la orilla de un arroyo. Me sentaron arriba de un pelego y ahí me quedé, como en un islote. Estaba rodeado; cientos, miles de arañas caminaban por el pasto. Mi única arma era una chancleta que me habían dado para defenderme, para que ninguna subiera a mi refugio, a mi fuerte de lana.
Capaz que la memoria me miente y exagera, pero es la imagen más vieja que tengo. De ahí me quedó el odio por la pesca, pero no por los bichos; lo que me quedó fue la sensación de estar solo en medio de la nada, cuidando el pedacito de suelo que me tocaba.

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Mi madre era hija de un peón rural. De esos hombres curtidos que se perdían quince días en la estancia y aparecían por la casa dos domingos al mes, si el tiempo y el patrón querían. Ella creció extrañándolo, necesitando un padre que era más una sombra que una presencia. El tiempo pasó, ella se casó, se hizo mujer, y la distancia con él se volvió un abismo de años.

Cuando el viejo se jubiló, el contacto era apenas un trámite. El hombre iba de Paso del Parque a Vichadero solo para cobrar. Se hacía esos cinco kilómetros largos a pie, prendido al bastón. Llegaba a casa, pedía un vaso de agua, iba hasta el banco, cobraba, volvía para almorzar algo rápido y ahí nomás se mandaba a mudar, con ese paso lento y cansino, sin mirar atrás.

Pero hay un recuerdo que me quema, una muestra de ese desinterés que se hereda como una herida. Una vez mi viejo consiguió un carro, prendió el caballo y salimos de Vichadero rumbo a Pueblo de los Santos a visitar a un tío. Íbamos mis padres, mi hermano y yo. Un viaje de sol a sol, al tranco, por caminos que parecían no ir a ningún lado.

Serían las tres de la tarde de un domingo cuando pasamos por un boliche de campaña. Afuera se amontonaban los caballos; adentro, el humo, la caña y el truco. Mi padre bajó a comprar algo para el camino y, al volver, le soltó a mi madre la noticia: «Tu padre está ahí adentro».

A ella se le iluminó la cara. Le pidió por favor que lo llamara, que quería darle un abrazo, que hacía una vida que no lo veía. Mi padre entró y volvió a los pocos minutos con la mirada gacha. Le dijo que el viejo no iba a salir. Que estaba en medio de una partida de cartas y que no la iba a dejar «solo para salir a saludarla».

Seguimos camino. El ruido de las ruedas del carro contra la piedra era lo único que se escuchaba en ese silencio de muerte. Lo que más me duele, todavía hoy, es acordarme de mi madre. La recuerdo disimulando el llanto, secándose las lágrimas, apurada, desamparada y sola, a pesar de ir con nosotros, echándole la culpa al viento fuerte y a la tierra que se le metía en los ojos…

Yo sabía, aunque no tuviera palabras entonces, que no era el polvo del camino. Era el peso de una vida entera esperando un gesto que nunca llegó; era entender, ahí arriba de un carro viejo, que para su propio padre ella valía menos que una mano de truco y un vaso de caña. Y me hubiese gustado haberlo entendido, como lo entendí mucho tiempo después, para abrazarla y consolarla, como ella lo hizo tantas veces conmigo…

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