Carolina Cosse y el bostezo honesto

Del discurso del presidente ante la Asamblea General, lo más memorable no fue el contenido, ese desfile de promesas que parecen sacadas de un generador automático de ilusiones. sino el efecto secundario que provocó. Y no me refiero a la indignación de la oposición, que ya tiene el cronómetro en mano para detectar mentiras desde la primera coma, sino a la reacción de la número dos del país: Carolina Cosse.

La señora Vicepresidenta, esa experta en el arte de la lágrima selectiva (que llora a mares cuando algo le molesta en la vereda de enfrente, pero mantiene una sequía ocular absoluta ante las mismas tragedias en su propio patio), no pudo más. Entre tanto «vamos a lograr» y «estamos proyectando», la exintendenta y amante del cemento pintado de verde sucumbió a la más pura, cruda y brutal debilidad humana: abrió la boca de par en par.

No fue un bostezo de esos que se camuflan tras una mano elegante o una falsa tos. Fue un bostezo sincero, cinematográfico y casi geológico. Un movimiento de mandíbula que pareció gritar: «¿Falta mucho para que termine este podcast en vivo?».

¿Cuáles fueron las causas de semejante despliegue de tedio? Aquí algunas teorías:
La Sobredosis de Ficción: Escuchar una letanía de logros que solo existen en la Matrix gubernamental agota a cualquiera, incluso a quien es experta en construir sus propias realidades.
El Efecto Hipnótico de la «Nada»: Hay algo profundamente sedante en escuchar a alguien prometer cosas que ambos saben, con absoluta certeza, que no se van a cumplir jamás. Es el ruido blanco de la política uruguaya.
La Siesta del Poder: Quizás fue simplemente el agotamiento de cargar con la autopercepción de ser la salvadora de la patria mientras el presente le resulta una molestia administrativa.

Que la Vicepresidenta se aburra en cadena nacional, en el discurso que cierra el primer año de una gestión que viene «pegando en el palo» del desastre, es más que un descuido de etiqueta. Es un síntoma.

Ese bostezo no fue solo falta de educación; fue una declaración de principios. Fue el gesto físico que proclama una indiferencia profunda hacia quien tiene al lado. Carolina no solo bostezó frente a su Presidente; le bostezó en la cara a los legisladores, a los invitados de honor y, sobre todo, a un país que estaba mirando.

Es la indiferencia hecha carne. Es decirle a tres millones de personas: «Sus problemas, sus leyes y su futuro me causan tanto sueño que no me molesto ni en fingir interés».

Mientras el país espera respuestas, ella solo ofrece el fondo de su garganta. Al final, el bostezo de Cosse fue lo único honesto de toda la jornada: la representación perfecta de una clase política que, cuando no está peleando por el botín, se está durmiendo en nuestra cara.

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