El hombre de los muertos

No sé muy bien cómo funciona esto, ahora que vivimos en el glorioso futuro donde todo se hace online, todo se paga con el celular y hasta podés programar tu propia muerte con tres clics y una tarjeta de crédito. Supongo que ya existe alguna app, «DeathPay™», «FinalCheckout», «iAtaúd», donde elegís tu cajón como si fuera un producto de MercadoLibre: «Ataúd Premium con revestimiento de caoba ⭐⭐⭐⭐⭐, ¡278 personas ya lo compraron! ¡Llega mañana con envío gratis!» Filtro por precio. Comparar modelos. Leer reseñas de… bueno, de los familiares, supongo, porque los clientes directos no están en condiciones de dejar comentarios.

Pero en mi época, esa época analógica, sin internet, sin delivery, sin nada, las cosas funcionaban de otra manera. Todos los meses, con una puntualidad que francamente le envidiaría a cualquier delivery moderno, pasaba el tipo de la funeraria a cobrar la cuota del servicio fúnebre.
Sí: La cuota-Del-Servicio-Fúnebre.

Porque aparentemente, morirse también se pagaba en cómodas cuotas. No era algo raro, no era macabro, no era la trama de una película de terror italiana de los años 70. Era simplemente… normal. El lechero pasaba a traer la leche, el panadero pasaba con el pan, y el señor de la funeraria pasaba a recordarte amablemente que algún día ibas a palmarla y que convenía ir pagándolo de a poco para no ocasionarle gastos inesperados a los sobrevivientes.

Una visita mensual. Planificada. En el almanaque familiar, entre «pagar el gas» y «cortar el pasto», estaba: «pagar al funebrero.»

La lógica del sistema era, a su retorcida manera, bastante clara. Si eras disciplinado, responsable, y pagabas puntual durante veinte años, el día que finalmente estirabas la pata te recibían con honores: ataúd de lujo, tapizado interior, manijas doradas, quizás hasta musiquita de fondo. El paquete completo. Te ibas del mundo con dignidad.

Pero si, por algún capricho del destino, eras de esas personas que pagaban dos o tres cuotas y después… bueno… se adelantaban al cronograma… ahí la cosa se complicaba. Imagino que el cálculo económico no cerraba y te tocaba algo más austero. Un cajón de cartón reforzado, o en el mejor de los casos de pino sin pintar, funcional, sin pretensiones. O quizás, y esto es pura especulación mía, que conste, directamente te enterraban con la ropa que tenías puesta, te envolvían bien con un nailon o algo, una palada de tierra y listo, próximo cliente. «Señora, con lo que pagó su marido alcanza hasta el hoyo. El resto corre por su cuenta.»

El punto es que el tipo venía. Todos los meses. Golpeaba la puerta con esa serenidad perturbadora que solo pueden tener las personas que trabajan con muertos, o los contadores. Y en casa, cuando ladraban los perros o se escuchaba el golpe en la puerta, yo salía al frente, lo veía parado ahí con su maletín, su corbata oscura y su sonrisa profesionalmente apagada, y sin pensar demasiado, con toda la inocencia y el volumen de un gurí de diez años, gritaba hacia adentro de la casa:

-¡Mamáaaa! ¡Está el hombre de los muertos!

Y mi madre aparecía, buscaba la plata, pagaba la cuota, y el tipo se iba tan tranquilo como había llegado. Sin drama. Sin escalofrío. Sin que nadie pensara que era raro recibir mensualmente en casa al representante oficial de la muerte con descuento.

Tiempos simples, che. Tiempos simples…

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