Hay una enfermedad que pudre desde adentro a los movimientos políticos que dicen enfrentarse a la izquierda. No es la derrota electoral, no es la persecución ideológica, no es siquiera la traición abierta. Es algo más rastrero, más oscuro, más difícil de combatir porque se disfraza de prudencia, de estrategia, de «lectura de la realidad». Se llama tibieza, y es, en el fondo, una forma de cobardía.
La tibieza no es un estilo. Es un síntoma. Y el diagnóstico es: miedo. Miedo a confrontar, miedo a disentir, miedo a pronunciar las palabras que la corrección política de turno ha declarado prohibidas. Miedo, sobre todo, a perder los votos que sostienen el cargo, el sueldo, el automóvil oficial, la jubilación de privilegio, el teléfono pagado por el Estado y todos los beneficios que convierte a ciertos «opositores» en una casta tan cómoda como aquella a la que dicen combatir.
Porque seamos brutalmente honestos: un político que cobra diez veces más que el trabajador al que pretende representar no tiene incentivos reales para cambiar el sistema. Tiene incentivos para perpetuarlo con otro nombre. (Leer en ESTE ENLACE el excelente análisis de @Belolo22 al respecto)
Y ahí está la trampa. El político tibio no pelea contra la izquierda: negocia con ella su propia supervivencia. No arriesga. No confronta. No pronuncia la verdad incómoda que podría costarle dos puntos en la encuesta del jueves. Mide cada palabra, consulta cada declaración, lima cada arista, hasta producir un discurso tan neutro, tan inofensivo, tan vaciado de contenido real, que ya no dice nada a nadie, excepto: «no me odien, por favor, necesito sus votos». Eso no es liderazgo. Es mendicidad política.
Hay algo que debería provocar vergüenza: supuestos opositores que adoptan el lenguaje de sus adversarios, que incorporan sus marcos conceptuales, que caminan de puntillas alrededor de los dogmas progresistas para no despertar al monstruo de la cancelación. Hablan de «diversidad» con la misma reverencia de los otros. Evitan ciertas palabras como si quemaran. Se autocensuran antes de que nadie los censure. Y todo eso lo hacen convencidos, o queriendo convencernos, de que es táctica inteligente. No lo es. Es rendición anticipada.
Cuando una fuerza política comienza a imitar el lenguaje, los gestos y los marcos del adversario para no perder votos, ha dejado de ser una alternativa. Se ha convertido en una fotocopia. Y una fotocopia no desafía al original: lo confirma. Le dice al electorado, de manera tácita pero inequívoca, que los conceptos del adversario son los correctos, que su cosmovisión es la válida, que el único debate posible es cuánto y cómo aplicarla, nunca que no la van a aplicar. Esto es la liquidación silenciosa de la propia identidad porque suma el fracaso ideológico a la deshonestidad intelectual de pretender ser otra cosa. El votante que quiere izquierda vota a la izquierda, no a su imitación. Y el votante que quiere una alternativa real se queda en su casa, asqueado, al no encontrar ninguna.
La verdadera oposición no se construye imitando al adversario. Se construye diciéndole al ciudadano, con claridad y sin eufemismos, qué es lo que está mal, por qué está mal, y qué se propone hacer diferente. No «diferente en los matices». Diferente en la sustancia. Diferente en la visión. Diferente en las palabras que se usan porque las palabras no son neutras: definen realidades, instalan conceptos, construyen o destruyen consensos.
Un discurso nítido, valiente, sin la neblina de la corrección política, hace algo que la tibieza nunca puede lograr: distingue. Le dice al elector que hay efectivamente dos cosas distintas entre las cuales elegir. Que no todo es lo mismo. Que existe una alternativa con nombre, apellido e ideas propias, no un eco atenuado de lo que ya existe.
Esa distinción es, en sí misma, un acto político de primera magnitud. Y su ausencia, la tibieza, es la mayor victoria que la izquierda puede obtener sin dar ni un solo debate.
La tibieza debe ser expulsada. No moderada, no «equilibrada», no gestionada con prudencia. Expulsada. Porque en política, quien no tiene el coraje de decir lo que piensa no merece el privilegio de representar a quienes sí lo tienen. Y porque una oposición que le teme más a sus propias ideas que al adversario que dice combatir no es oposición: es decorado.
El antídoto es simple, aunque no fácil: claridad, identidad, y el coraje de sostener ambas aunque cueste votos. Porque a largo plazo, la única manera de ganar algo que valga la pena es, primero, merecer ganarlo.
