El factor Cosse

Hay discusiones que empiezan como debates intelectuales y terminan pareciéndose bastante a una partida de truco entre dos tipos que saben que alguno está chamuyando, pero ninguno quiere ser el primero en decir “quiero vale cuatro”.

El otro día me pasó algo así hablando con el director de Contraviento. La cuestión arrancó con una nota donde se mencionaba a Carolina Cosse. Nada extraordinario, salvo por un pequeño detalle: la nota había tenido un flujo de lectores bastante más animado de lo que suele ser habitual.
Yo, con la fe cínica que uno desarrolla después de ver demasiados titulares en la prensa nacional, sostuve que el éxito no tenía nada de misterioso. El secreto estaba en el nombre. Ese nombre. En el título. Listo. Como poner “oferta” en la vidriera o “última unidad” en MercadoLibre.
Él, con la dignidad profesional intacta, retrucó que no, que la razón era mucho más noble: la nota estaba bien escrita.

Yo no discutí demasiado porque discutir contra el optimismo literario ajeno es una actividad ingrata. Pero me quedó el bichito. Porque las columnas que yo subo tienen un promedio bastante normal de lectores. Nada trágico, nada glorioso. Una especie de tránsito moderado de curiosos que pasan, leen, dejan una reacción y siguen su vida. Ese promedio se ve bastante claro en X, que es donde se publican los links de Contraviento.
Y justamente ahí fue donde noté que la nota sobre Cosse, que podés ver EN ESTE ENLACE, había pasado ese promedio con una alegría estadística sospechosa.

Entonces hoy decidí hacer algo que en ciencia se llama experimento y en internet se llama picardía. Agregar el nombre de la vicepresidenta al título y observar el comportamiento de la criatura.
Nada muy sofisticado. Un pequeño laboratorio de clics.

Si la nota se mueve dentro de los números normales, entonces yo estaba equivocado y el director tenía razón. En ese caso no se trata del nombre sino del interés del lector en ciertos temas del momento. La humanidad todavía se mueve por ideas, contenidos, argumentos y todas esas cosas nobles que figuran en los prólogos de los libros.

Ahora bien, si la nota explota en visitas… bueno, ahí la conclusión va a ser bastante menos poética.
Porque entonces quedará claro que el verdadero motor no es el contenido sino el cartel luminoso del título. Ese que dice “Carolina Cosse” y que funciona como una especie de timbre psicológico que hace que medio país piense: “A ver qué dijeron ahora”.
Y ahí aparecen varias teorías posibles.

Tal vez algunos entren esperando una crítica despiadada.
Tal vez otros entren esperando un elogio heroico.
Tal vez muchos entren por simple deporte nacional, que consiste en indignarse preventivamente antes de saber por qué.
También hay que admitir que la figura de la vicepresidenta tiene cierta capacidad gravitacional. No siempre simpática, pero sí potente. Como esas tormentas que uno mira por la ventana aunque no tenga ninguna intención de salir bajo la lluvia.

Porque hablamos de la misma vicepresidenta que en el Senado aplica reglamentos con una creatividad que a veces deja al senador Da Silva hablando solo, como actor de teatro experimental. La misma que en algunos medios nacionales ha mostrado una sensibilidad lacrimógena por problemas que hoy siguen existiendo y ella los observa con una serenidad absoluta. Y la misma que, según su propio criterio geopolítico, considera que Cuba no es una dictadura, lo cual demuestra que la realidad, cuando se la mira desde ciertos ángulos ideológicos, puede adquirir propiedades bastante elásticas.
Podría seguir, claro. Pero sería redundante.

Los que simpatizan con ella ya conocen todo eso y lo toleran con paciencia militante. Los que no simpatizan lo conocen también y lo comentan con entusiasmo crítico. Nadie llega virgen a la discusión.
Así que sí. Podrías acusarme de que esta columna es un clickbait. Y probablemente no estarías del todo equivocado.
Pero sería un clickbait con pretensiones científicas. Una especie de experimento sociológico casero hecho con las herramientas disponibles: un teclado, un título y la curiosidad un poco torcida de ver qué pasa.

Porque, para ser honestos, esta columna no dice nada nuevo. No revela secretos. No ilumina ninguna verdad desconocida.
Es apenas un pequeño ensayo práctico para comprobar algo que en el fondo todos sabemos pero igual fingimos ignorar: que en el ecosistema mediático actual el título no es la puerta de entrada al contenido. El título, muchas veces “es el contenido” el único que muchos leen y a partir de allí forman una opinión.
Y cuando ese título se manipula lo suficiente puede fabricar realidades enteras, inflar indignaciones, dirigir conversaciones y, en casos menos inocentes, hacer bastante daño.

Lo preocupante no es que exista el truco.
Lo preocupante es que en la prensa nacional, titulares manipulados sobran.
Y lo peor: lectores manipulados, también.

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