Trabajar menos y ganar lo mismo. ¿Quién no fantasea con algo así? El problema es cuando la fantasía se pretende convertir en ley sin mirar la realidad económica que la rodea.
En Uruguay vuelve cada tanto la discusión sobre reducir la jornada laboral sin afectar el salario. La idea suele justificarse mirando a países que aplican semanas laborales más cortas.
El detalle que casi nunca se menciona es que esas experiencias aparecen en economías con niveles de productividad muy superiores. Países europeos que avanzaron en esa dirección llevan décadas de industrialización, innovación tecnológica y capital acumulado. Primero produjeron más por trabajador. Después discutieron trabajar menos.
Uruguay está bastante lejos de esa situación. Según datos del Banco Mundial y la OCDE, la productividad por trabajador en países desarrollados multiplica varias veces la de América Latina. En términos simples: en una hora de trabajo se genera mucho más valor que acá. Esa diferencia es la que permite pagar salarios altos incluso con jornadas más cortas.
Cuando se ignora ese punto y se intenta forzar la ecuación por decreto, el resultado suele ser otro. Las empresas enfrentan mayores costos sin que aumente la productividad. Algunas lo absorben, otras dejan de invertir y otras directamente desaparecen. No es teoría económica abstracta. En Uruguay hay antecedentes de empresas que cerraron después de conflictos laborales largos o de costos que dejaron de ser sostenibles.
A eso se suma un rasgo bastante propio del mercado laboral local: una conflictividad sindical relativamente alta para el tamaño de la economía. Paros prolongados, negociaciones tensas y enfrentamientos recurrentes entre sindicatos y empresarios terminan generando un clima poco atractivo para invertir. Y sin inversión no hay crecimiento, y sin crecimiento no hay salarios más altos ni jornadas más cortas.
La paradoja es que muchas veces el conflicto termina produciendo exactamente lo contrario de lo que se buscaba. La empresa se achica o cierra, el aumento salarial desaparece y el empleo también.
Nada de esto significa que trabajar menos sea una mala aspiración. De hecho, en muchos países fue una conquista asociada al progreso económico. Pero ese proceso tuvo una lógica clara: primero se aumentó la productividad, se invirtió en tecnología y se fortaleció la economía. Recién después se redujeron las horas de trabajo.
Pretender invertir el orden de los factores rara vez funciona.
Si Uruguay quiere discutir seriamente trabajar menos y vivir mejor, primero tiene que generar las condiciones que lo hagan posible: más inversión, más productividad y más crecimiento. Porque en economía no existe la promoción eterna de “lleve más pagando menos”. Cuando se intenta imponer por la fuerza, la cuenta siempre aparece en otro lado. Y casi nunca la paga quienes promueven el eslógan.
