Los espectadores desinteresados

Debido a un silencio impuesto, de 720 horas, 30 días, 1 mes, ando enmudecido en X. Puedo leer lo que escriben los demás, pero no comentar, ni retuitear ni citar, ni interactuar de ninguna manera. Estoy de manos atadas (aunque sería mas apropiado decir “labios”…)
El caso es que en ese mutismo obligado, descubrí algo inquietante: me gustó. No poder comentar, no poder discutir, no poder responderle a cada iluminado que confunde opinión con argumento. Ser apenas un espectador. Un fantasma que mira sin intervenir. Me ha resultado maravilloso.

Me quitó presión. Me ahorró calenturas. Me devolvió horas de vida que antes desperdiciaba redactando furibundos alegatos destinados a convencer a gente que ya había decidido no entender nada. Incluso me resultó más divertido leer los comentarios ajenos que escribir los propios. Hay algo fascinante en contemplar el caos desde la tribuna.

Porque cuando uno observa desde afuera, sin responsabilidad, sin involucrarse, sin la necesidad de hacer nada, aparece una tranquilidad difícil de explicar. Una paz que sólo aprecia quien dejó de intentar apagar incendios que nadie quiere extinguir.

Y ahí fue cuando me surgió la pregunta: ¿Será esa la razón por la que este gobierno parece vivir en una realidad paralela? ¿Será que la absoluta falta de compromiso con el país, con la gente y con las promesas que hicieron los ha convertido también en simples espectadores?
Porque es como que observan el deterioro del Uruguay con el mismo desinterés con el que alguien mira llover por la ventana.

La delincuencia aumenta, pero para ellos «ha bajado» o «está dentro de los parámetros».
El desempleo crece, empresas cierran, comercios bajan la cortina, pero ellos celebran “mejoras en la ocupación” que sólo existen en planillas cuidadosamente maquilladas.
La salud pública acumula problemas, pero la respuesta siempre es la misma: la culpa es de los anteriores.
Los camioneros protestan contra medidas que consideran abusivas y la gran reflexión oficial no es analizar el reclamo, sino preguntarse por qué no protestaron en el gobierno anterior.
Ese es el nivel.

Como si la legitimidad de un reclamo dependiera de la fecha de emisión y no de su contenido. Es la política reducida a una discusión de patio escolar.
«¿Y por qué no dijiste nada antes?». Más infantil, por no decir otra cosa, no se puede ser.

Mientras tanto, la educación sigue acumulando problemas. Los asentamientos crecen. La gente sigue viviendo en la calle. Y ellos continúan administrando relatos.

Porque gobernar implica hacerse cargo. Reconocer errores. Corregir el rumbo. Asumir costos. Tomar medidas. “Involucrarse”.

Pero cuando uno está convencido de que nunca es responsable de nada, tampoco siente la necesidad de solucionar nada. Y ahí radica el problema.
Estamos gobernados por especialistas en hablar. Profesionales del discurso.
Expertos en la frase elegante, la conferencia prolija y el titular llamativo.
Una administración donde sobran las palabras y faltan los resultados.
Te hablan de crecimiento mientras exprimen cada vez más al trabajador para tapar los buracos que ese supuesto crecimiento jamás logró cubrir.
Te venden prosperidad mientras la gente vive exactamente lo contrario cuando no llega a fin de mes.
Te venden un futuro de oro mientras no pueden ni tapar el pozo del presente.
Y, por supuesto, la culpa no es sólo del chancho. Es, principalmente de quienes le rascaron el lomo.
Porque hubo festejos, hubo burlas, hubo fanatismos ridículos y una convicción casi religiosa de que esta gente venía a solucionar todo.

Hoy muchos de esos mismos defensores se ven obligados a hacer malabares argumentales para justificar una gestión que hace agua por todos lados.
Y terminan pareciéndose a sus dirigentes, negándose a darse cuenta de una realidad que los golpea a ellos también. Porque el deterioro no distingue banderas. No castiga solamente a «los otros» (nosotros). Alcanza a todos. La diferencia es que algunos todavía prefieren fingir que no lo ven, o lo miran con una ausencia total de interés.

Vamos a ver hasta cuando aguantan en su sufrido y ridículo papel de espectadores desinteresados…

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