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«Mi dictadura» y la gran estafa

6 agosto, 2022

En la nota anterior contaba como viví mi niñez en dictadura. En general, tranquila, sin familiares presos y bastante ajena (salvo por peculiaridades de la vida de entonces que relaté), que pronto se me harían intolerables. Y decía que encontré a Galeano (en mala hora).
Intentaré explicar porqué.

Encontré a Galeano y lo devoré. Como tantas cosas que dan respuestas simples a problemas complejos me parecía irrefutable. Todos los argumentos tenían citas y parecían cerrar. Lo leí con tal fruición que terminé hablando como él escribía. Fue mi puerta de entrada a la
izquierda. No olvidar que estábamos en dictadura y que el infame Consejo de Estado cumplía el rol del parlamento.

En bachillerato de Derecho, un tema que era fija en los exámenes era los actos institucionales (paradojas de la vida: retomé mi carrera ya mayor y tuve que dejar de asistir a Derecho porque de lo único que se hablaba era de cómo los tratados internacionales estaban por encima de la constitución. Si seguía yendo y polemizando, no me recibía; la di
libre).

También empecé a escuchar música prohibida, a buscar radios en onda corta que daban información de Uruguay. Festejé como goles el debate por el plebiscito en el que Enrique Tarigo y Pons Etcheverry defendieron la posición democrática y dijeron cosas que poco tiempo
antes era impensables escuchar en TV. Y ya en 1983 por primera vez fui a una manifestación: la marcha de la primavera de Asceep-Feuu (no me gustó que cuando pasamos por la casa de Seregni en Bulevar y Bulevar se gritara: “Seregni, amigo, el pueblo está contigo” –mamá
resonaba aún-).

Fui al glorioso acto del Obelisco. Y lo que finalmente me convenció fue el discurso de Seregni cuando fue liberado. Conciliador, pacificador. Así que un día, andaba con una bandera del Frente en mis manos (nunca me afilié: una buena). Iba a todos lados. A un
acto en el cine Arizona, allá iba. A la Casa de los Lamas, allí estaba yo.

Empezaron a volver artistas (Los Olimareños, Zitarrosa). Cacerolée.(El País sacó un pequeño suelto al día siguiente en el que se decía “Se escucharon sonidos extraños en Montevideo, anoche». El día que vino
Wilson fui hasta Agraciada y cuando lo liberaron, al acto.

El 1° de marzo de 1985 fue una fiesta: había tres escenarios en 18 de Julio y se anunciaba por altoparlantes los partidos y medios que iban siendo desproscriptos. Al día siguiente dio un discurso Julio Ma. Sanguinetti. No lo había votado entonces, ni lo voté
nunca. Pero el alivio de ver a un Presidente sentado en el borde de un escritorio y hablando sin atemorizar al público fue un alivio. La dictadura había terminado.

Pero no para el FA que empezó a sacarle rédito desde ese momento hasta ahora. Eso lo vería después. Voté al FA desde la vuelta a la democracia hasta 2004. Creo que el hecho de que nunca habían gobernado les jugó y mucho a favor. Pero el “romance” se acabó cuando se llevaron por delante un plebiscito, la máxima expresión de democracia directa. Yo había votado “verde” y en algún Cuaderno de Marcha de la época hay entrevistas que le hice a Hugo Batalla y a familiares de desaparecidos. Pero allí, recién allí, me di cuenta que nunca fueron democráticos. Luego, en el ejercicio del poder
discrecional que le otorgaron las mayorías absolutas vi la magnitud de la farsa.

Un discurso vacío lleno de pobres, solidaridad, niños desnutridos, lucha contra la dictadura (¡), libertades. El infame apoyo a cuanta dictadura hay en el continente es prueba fehaciente de ello. Y lo
peor para mí, además de las causas que lleva morosamente la justicia: Un presidente médico que dejó la radiología destruida (pregunten a cualquier físico médico: equipos sin calibrar, sin
mantenimiento). Imperdonable. Criminal. Y no olvido la irresponsabilidad de todos los dirigentes cuando empezó la pandemia.

Por eso milité en serio por primera vez en mi vida en la elección pasada. Y seguiré mientras tenga aliento. No tanto por mí, como por mis hijos. Aunque a mí o a ellos nos vaya bien, no quería, no quiero un país en donde duerme un indigente por cuadra. En donde la seguridad era una tragedia diaria y el ministro era inamovible. En donde no se respetaba la Constitución. La así llamada izquierda (¡y que aún es vista como benevolente por tanta gente!) ha sido la desgracia de los países en que ha gobernado y se ha enquistado. Es su momento, celebramos
la caída de Somoza. Hoy Daniel Ortega es un tirano más. Como todos, como siempre.

A mí me agarraron desprevenida, joven y en dictadura. Y en los albores del “relato”, formado poco a poco con muchas de las cosas que menciono en esta nota. No hay un solo caso de éxito de los
modelos socialistas. Sólo miseria, cercenamiento de las libertades, destrucción ¿Eso quieren tantos para el país? Me cuesta, me duele creerlo. En mí, tendrán una opositora a sus mentiras, siempre.