La Izquierda y sus LGBT de Bolsillo

 

En el teatro del absurdo que a veces se convierte el Senado uruguayo, el reciente incidente entre los senadores Sebastián Da Silva (Partido Nacional) y Nicolás Viera (Frente Amplio) no es más que el último acto de una tragicomedia política donde las acusaciones vuelan sin sustento, los insultos se magnifican selectivamente y la hipocresía de la izquierda brilla con luz propia. Lo que comenzó como una interpelación al ministro de Ganadería, Alfredo Fratti, por la controvertida compra de la estancia María Dolores, derivó en un escándalo que revela más sobre las miserias de nuestros representantes que sobre los temas de fondo. Analicémoslo con la frialdad que merece: Viera acusó a Da Silva de estar vinculado a la estafa de Conexión Ganadera sin una sola prueba en mano, solo para luego victimizarse por un insulto desubicado pero no apocalíptico. Y en el medio, el Frente Amplio y sus aliados en los colectivos LGBT juegan a la indignación selectiva, usando los «derechos» como moneda electoral mientras callan en casos que no les convienen.

Empecemos por el origen del lío: Viera, en plena sesión, lanzó la granada de conectar a Da Silva con la «mayor estafa en la historia de Uruguay», afirmando que el senador blanco había «aconsejado invertir» en esa empresa fraudulenta. ¿Pruebas? Ninguna, como el propio Viera admitió después en una rectificación tardía: «Yo no tengo pruebas para decir que es estafador». Fue una acusación gratuita, un «enchastre» que nada tenía que ver con la interpelación y que solo sirvió para desviar la atención de las irregularidades en la compra de la estancia. ¿Qué pretendía Viera? ¿Ganar puntos en el barro de la política barata? Su actitud no es la de un legislador serio, sino la de un provocador que arroja barro esperando que algo pegue. Y cuando Da Silva reaccionó con un insulto homofóbico –»puto de mierda», grosero y fuera de lugar, sin duda–, Viera se envolvió en la capa de la víctima ultrajada, hablando de «delito de odio» y evaluando acciones legales.

Sí, el insulto fue desubicado, propio de un momento de rabia que Da Silva reconoció inmediatamente con disculpas públicas en distintos medios. Pero ¿un escándalo de dimensiones nacionales? Por favor. En un Parlamento donde se han visto duelos históricos, este cruce parece más una excusa para suspender la sesión y evitar preguntas incómodas sobre la corrupción en el INC que un agravio imperdonable.

Es justamente aquí donde entra la hipocresía rampante de la izquierda uruguaya, encarnada en el Frente Amplio.

Esta fuerza política, que se auto proclama campeona de los derechos humanos y la diversidad, usa estos temas como moneda de cambio electoral, han sido muchos los militantes de la izquierda vernácula que pregonan el mantra miserable: «Gracias al FA te podés casar», a los homosexuales que les llevamos la contraria y no comulgamos con la bandera del arco iris.

Se ofenden selectivamente con dichos «homofóbicos» si provienen de la oposición, pero miran para otro lado cuando el ofensor es de los suyos o cuando el ofendido no se alinea con su agenda “pro derechos”, o cuando directamente no les es rentable una figura política.

Esa misma izquierda que hoy se llena la boca con la palabra “homofobia” es la que le soltó la mano a Michelle Suárez, para nada santa de mi devoción, pero fue la responsable de ponerse al hombro y llevar adelante la Ley de matrimonio igualitario. Renunció tras ser condenada por falsificación de documentos, un hecho lamentable sin dudas. Pero recordemos también que cuando era importante, llovían las fotos, pero una vez caída en desgracia, no fueron capaces ni siquiera de dedicarle un minuto de silencio en las Marchas de la Diversidad…siempre tan igualitarias con un lado del espectro político nacional.

Ya que estamos tomemos el caso del escándalo de Yamandú Orsi, pre candidato presidencial del FA, falsamente acusado en 2023 de agredir a una trabajadora sexual trans. La denuncia luego se revelaría como falsa, confesada por la propia denunciante, pero mientras existía una posibilidad mínima de certeza NADIE de los “Colectivos” hizo el mínimo esfuerzo de colocar la palabra ”homofobia” en ninguna boca. Mucho menos de la izquierda.

Pero vamos al tercer caso, Romina Celeste, tampoco santa de mi devoción. Amén de sus desmanes, debemos recordar que fue insultada públicamente por el militante de izquierda Julio Toyos con frases como «gordo, vestite de varón». ¿Alguna marcha, comunicado o escándalo del FA? Nada.

La homofobia y la transfobia solo importan si sirven para golpear al adversario.

Y en este juego de selectividades, los colectivos LGBT actúan son cómplices perfectos del FA. Le hacen el juego en la indignación oportunista, amplificando ofensas cuando el ofensor es de derecha, pero callando por móviles políticos, ideológicos o, peor aún, monetarios. «Tanto tenés, tanto valés», reza el dicho popular, y parece aplicarse aquí: estos grupos reciben apoyos y visibilidad desde que la izquierda gobierna, lo que explica su funcionalidad al show que monta la izquierda cuando le conviene.

¿Se ha conquistado el reconocimiento de derechos? Claro que sí.
¿Se ha usado como “moneda de cambio»? También.
Al final del día todos sabemos que esa suma es rastrera y su resultado es cero.

Pero el colmo es el siguiente, estamos hablando de la misma izquierda que prende velas a Fidel Castro y al Che Guevara, dos iconos que encarnaron la homofobia estatal en Cuba, con campos de concentración como las UMAP donde se «reeducaba» a homosexuales a la fuerza. Pero claro, eso es historia «revolucionaria», no homofobia.

En resumen, este incidente en el Senado no es más que un espejo de la podredumbre política: acusaciones sin pruebas para distraer, victimizaciones exageradas para ganar simpatía y una hipocresía que erosiona la credibilidad de toda la clase dirigente.

Da Silva erró y se disculpó; Viera provocó y se victimizó.

Por fuera del escándalo de la estancia María Dolores, que no es poco, el otro escándalo es cómo la izquierda y sus aliados convierten los derechos en un commodity electoral, ofendiéndose a la carta mientras callan ante sus propias vergüenzas.

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