La política internacional casi nunca se rige por principios éticos universales. Se mueve por un principio curioso, hasta ridículo, pero extraordinariamente común: No se de qué están hablando, pero no estoy de acuerdo. No parte de los hechos, ni del contexto, ni de las víctimas. Parte de una certeza previa: si la idea o el hecho no nace en mi trinchera ideológica, entonces es falsa, inmoral o imperialista. No sé exactamente qué pasó, pero ya sé que estoy en contra.
El ejemplo es patético. Mientras muchos celebran que Estados Unidos haya entrado en Venezuela y detenido a Maduro, el mismo personaje que vació el país, desconoció elecciones, llenó cárceles de presos políticos y obligó a millones a huir, otros reaccionan con reflejo condicionado: condenan la acción en nombre del derecho internacional. No importa que ese derecho haya sido rechazado, denunciado y escupido por el propio régimen venezolano cuando no le servía. No importa que se hayan salido de la OEA, desconocido cartas de la ONU y convertido la legalidad en papel higiénico institucional. Detalles técnicos. Lo importante es oponerse. A qué, da igual.
Así se explica el milagro moral por el cual Maduro, no es un dictador, sino un demócrata que enfrenta “procesos complejos”. No se lo defiende porque sea democrático, sino porque desafía al “Imperio”. La democracia, los derechos humanos y las libertades individuales pasan a ser detalles decorativos, como el manual de instrucciones que nadie lee. “El enemigo de mi enemigo es mi amigo”, aunque ese amigo torture, mate, robe y arruine países enteros. Minucias.
El doble rasero alcanza niveles de gimnasia olímpica cuando los mismos que se rasgan las vestiduras por Maduro aplauden, justifican o relativizan la masacre de Putin en Ucrania. Ahí el derecho internacional se toma vacaciones, los civiles muertos pasan a ser “consecuencias geopolíticas” y la invasión se convierte mágicamente en “respuesta estratégica”. Misma atrocidad, distinto agresor, distinta indignación. Coherencia cero, convicción intacta.
En estas ideologías, la revolución, la soberanía o el proyecto histórico valen más que una vida humana concreta. Si hay presos políticos, son “excesos”. Si hay muertos, son “daños colaterales”. Si hay hambre, es culpa del bloqueo. Y si hay pruebas, son fake news. El ser humano deja de ser persona y pasa a ser estadística inconveniente.
Para sostener la defensa de un dictador, primero hay que deshumanizar a sus víctimas. La oposición no es oposición, es “agente extranjero”. El disidente no es ciudadano, es “traidor”. El pueblo que huye, “exagera”.
Así se logra el truco final: apoyar a un asesino creyéndose moralmente superior.
Conviene separar aguas. Existe una izquierda democrática, imperfecta pero aceptable. Y existe otra izquierda autoritaria, anacrónica y nostálgica, que sigue jugando a la Guerra Fría con muertos reales.
Algunas razones:
• Hay una fascinación casi adolescente por los símbolos del pasado. Defender a Maduro se vive como un acto rebelde contra el capitalismo global, aunque esa rebeldía se ejerza desde un iPhone, tomando café en Starbucks.
• En muchos casos no es ideología, es dinero, apoyos económicos, favores políticos y negocios turbios. La lealtad se compra, y la conciencia se alquila a bajo precio.
• Criticar a un aliado es “hacerle el juego a la derecha”. Entonces se opta por el silencio, que no es neutralidad, sino complicidad. Fraudes electorales, masacres y represión pasan a ser temas incómodos que se barren bajo la alfombra revolucionaria.
En Uruguay la escena es particularmente obscena. Mientras venezolanos exiliados, expulsados de su país por hambre, persecución y miedo, celebran con lágrimas y alivio la caída del dictador que los obligó a huir, buena parte del zurdaje local responde con ceño fruncido, comunicados solemnes y defensas abstractas del mismo tirano que destruyó esas vidas. No hay empatía, no hay escucha, no hay curiosidad por el dolor real del otro. La alegría de la diáspora es ignorada, minimizada o directamente despreciada, porque no encaja en el relato ideológico. El venezolano deja de ser sujeto y vuelve a ser excusa: si celebra, es “manipulado”; si llora, es “exagerado”; si agradece el fin del verdugo, es “funcional a la derecha”. Así, desde la comodidad democrática uruguaya, se defiende al opresor y se le explica al oprimido cómo debería sentirse. Un acto de colonialismo moral tan cínico como revelador.
Defender a un corrupto, asesino y dictador no es ingenuidad, ni rebeldía, ni pensamiento crítico. Es una elección moral. Y es una elección infame.
No hay épica en justificar tiranos. No hay dignidad en aplaudir verdugos. Y no hay causa que lave las manos manchadas de sangre. El que apoya a un criminal con poder no es neutral, no es crítico, no es revolucionario: Es un cómplice inmundo.
