Y ya no habrá despedidas

Todo el tiempo pienso en ti.
Es una costumbre triste que se me pegó al cuerpo, como el frío en los huesos cuando cae la tarde. Cumplo con las horas, con las tareas, con la rutina que sigue girando como si el mundo no se hubiera quebrado un poco el día que te fuiste. Pero entre una cosa y otra, entre un gesto y otro, apareces tú. Siempre apareces.

Camino por la ciudad y no te olvido.
Las calles están llenas de gente, de ruidos, de vidas que continúan sin darse cuenta de que en algún lugar alguien va cargando un silencio enorme. A veces, apenas por un instante, algo me distrae: una vidriera, una voz, el paso apurado de alguien que no conozco. Y en ese pequeño descuido tu recuerdo parece retirarse… apenas un paso.
Pero está ahí.

En el momento en que el silencio regresa, tu recuerdo, ese depredador que habita en mi nuca, salta con garras de fuego para invadirme el pecho. No es un pensamiento, es un incendio de dolor que me consume los huesos, recordándome que ya no estás para apagar mis miedos.

Vivo… y pienso en ti.
Por las noches camino de regreso a casa y la ciudad se vuelve más lenta, más callada. La llovizna cae sobre las veredas y en ese murmullo fino te recuerdo otra vez. Es como si el cielo llorara despacio, con una paciencia infinita, como si cada gota fuera una lágrima que insiste en no abandonarme.

No sé cómo haré para seguir.
Hay días en que el camino parece demasiado largo y la ausencia demasiado honda. Pero sigo caminando igual. Porque, en algún lugar al final de este sendero que todavía no alcanzo a ver, guardo una esperanza pequeña pero obstinada.
Sigo porque quiero creer que no todo termina con la despedida.
Que más allá del miedo a la oscuridad, más allá del olvido que amenaza con cubrirlo todo, existe un lugar donde el tiempo se detiene y las pérdidas se vuelven encuentros.

Y entonces imagino ese momento.
Imagino que al final del camino volveré a verte. Que podré llegar hasta el sitio donde Dios te guardó con tanto apuro, con tanta crueldad para los que nos quedamos.
Por eso sigo.
Con dolor, sí.
Con nostalgia.
Con este vacío que a veces pesa como una noche entera.
Pero también con la esperanza de que algún día, cuando el camino termine, pueda encontrarte de nuevo…y que esta vez nadie vuelva a separarnos
Y entonces si, cerraré los ojos, dejaré atrás el dolor, y por fin, entre la niebla del tiempo, podremos abrazarnos de nuevo. Ojalá para siempre. Ojalá, donde el adiós sea una palabra prohibida.

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