La vejez viene pegando con ganas estos días. Primero fue una gripe que me tuvo una semana entera a mal traer. Justo esa misma semana pensaba vacunarme. No llegué. La gripe fue más rápida que mi previsión, cosa que ya empieza a parecer una metáfora de muchas otras cosas.
Cuando por fin estaba mejorando, un día me levanté sintiéndome bastante bien… y ahí apareció el vértigo. Pero no un mareíto de esos que uno sacude la cabeza y se le pasa. No. VÉRTIGO. El mundo giraba a mi alrededor con una velocidad que ni los juegos más violentos de los parques de diversiones logran reproducir. Todo se desplazaba como si alguien hubiera decidido acelerar el planeta a tres o cuatro velocidades más de lo aconsejable.
Como buen enfermo moderno, antes de pensar en un médico me fui a ver tutoriales a YouTube. Allí descubrí dos ejercicios famosos para acomodar el asunto sin medicamentos: la maniobra de Epley y la de Lempert. El problema, según explicaban con tono tranquilizador, está en el oído interno. En el sistema vestibular. Resulta que unos diminutos cristales de calcio llamados otoconias se desprenden, empiezan a flotar donde no deben y entonces el cerebro entra en pánico y decide que todo el universo está girando.
La solución consiste básicamente en acostarse, colgar la cabeza en posiciones absurdas y moverla con precisión quirúrgica para que esos cristales vuelvan a su lugar y dejen de hacer lío.
Y ahí estaba yo. Acostado sobre dos almohadas, con la cabeza colgando hacia atrás, viendo el techo rotar como un ventilador poseído. Todo giraba a una velocidad que haría sentir mareado hasta a un astronauta. El estómago protestó de inmediato y tuve que interrumpir el ejercicio para vomitar con dignidad moderada.
Cuando retomé la maniobra, el mundo volvió a girar con un frenesí digno de un derviche que acaba de bajarse tres latas de energizante industrial. En ese estado de confusión, náusea y cierta resignación filosófica, se me ocurrió que mi vértigo era una metáfora bastante razonable de la vida moderna. Y particularmente de la vida política.
Porque hoy en Uruguay todo gira. Todo cambia a una velocidad que vuelve inútil cualquier intento de comprensión.
Una noticia dura lo que dura un mate lavado. A la mañana anuncian que van a cavar un túnel debajo de la Avenida Avenida 18 de Julio. A la tarde ya no. Al día siguiente tal vez sí otra vez. El país entero parece una obra en estado de idea.
Con los combustibles pasa algo parecido. Durante años se criticó con furia el sistema anterior propuesto por la LUC. Luego, con gran solemnidad técnica, se decidió que los ajustes serían bi mensuales. Eso sí: cuando toca subir, la mensualidad funciona como un reloj suizo. Cuando toca bajar, aparece un curioso fenómeno administrativo donde el tiempo se estira a dos meses. No es exactamente magia económica, pero se le parece bastante.
La inseguridad, mientras tanto, gira en su propio carrusel siniestro. Una noche la noticia es que una bebé de poco más de un año recibe dos disparos mientras está en su cuna, en su casa, al lado de su madre. A la mañana siguiente que una mujer fue baleada cinco veces en plena calle, por un tipo que le disparó sin mediar palabra. Pero antes de que la indignación alcance temperatura de hervor, el ciclo mediático ya cambió de tema porque el gobierno anuncia, con el entusiasmo de quien presenta un catálogo de electrodomésticos, ciento tres medidas para combatir el problema: Ciento tres.
Una cifra que suena impresionante hasta que uno recuerda que en este país también hubo planes integrales, estrategias nacionales, operativos de saturación, reformas policiales, mesas de diálogo, observatorios, comisiones interinstitucionales y toda la fauna burocrática imaginable. El delito, por su parte, ha demostrado una envidiable estabilidad frente a esa creatividad administrativa.
Entre anuncios, rectificaciones, cifras, discursos y conferencias de prensa, el país gira. Gira rápido. Gira torcido. Y lo peor es que nadie parece tener muy claro dónde está el eje.
En ese contexto, mi vértigo personal empezó a parecerme un problema menor. Después de todo, el mío tiene una explicación científica bastante simple: unos cristales fuera de lugar en el oído interno. Con un poco de paciencia, algunas maniobras y algo de suerte, vuelven a su sitio y el mundo deja de girar. El vértigo político es más complicado.
Porque también hay cristales fuera de lugar, pero están en otro lado: en las prioridades, en la coherencia, en la capacidad de admitir incapacidades, en la costumbre de anunciar soluciones antes de entender el problema.
Para frenar ese vértigo también existe una maniobra conocida. Se llama «elecciones».
El problema es que, como en los ejercicios vestibulares, hay que mover la cabeza con precisión. Porque si uno se equivoca en el ángulo, en vez de acomodar los cristales lo único que logra es que todo vuelva a girar otra vez, y peor, podemos provocar fuertes ansias de vómito.
A esta altura empiezo a sospechar algo bastante pesimista: que en Uruguay no estamos corrigiendo el vértigo. Estamos rotando la causa.
