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Editorial de Quijano en Marcha

9 febrero, 2023
Carlos quijano, director de Marcha, crítico contra el golpe de estado

La Era De Los Militares, publicado en el Semanario Marcha el 16 de febrero de 1973

 

Semanario Marcha

Miremos a nuestro alrededor y ordenemos los hechos. ¿O es que los orientales todavía vamos a seguir mintiéndonos, tomando los deseos por realidades y arropándonos con grandes y vacías palabras?

1. — Por el 66 nos dieron una nueva constitución. Después de la del 30, después de la del 17, de la del 34, de la del 42, de la del 51. La quinta en lo que va del siglo. Esa constitución del 66, pondría fin a nuestros males; restablecería la autoridad del Poder Ejecutivo que las experiencias colegialistas habían debilitado; permitiría la unidad de mando sin mengua de las libertades. A poco andar —un año y algo, junio de 1968 para ser más precisos— entramos en el reino de las medidas de seguridad. La mayor autoridad que se le había otorgado al Poder Ejecutivo no era suficiente.. La constitución quedó reducida a un simple inciso de un solo artículo, interpretado además arbitrariamente. Al amparo de las medidas de seguridad todo fue permitido. Pero tampoco bastaron las tales medidas. Escalón tras escalón, conocimos la suspensión de garantías, el estado de guerra, la ley de seguridad, el proyecto de estado peligroso y «ainda mais». A la uruguaya: fachada constitucionalista y dictadura larvada que no osaba decir su nombre. Todo por supuesto, para defender la constitución, el sistema republicano democrático, ¿también representativo? y nuestro estilo de vida (¿cuáles nuestro estilo de vida?).

2. — La violencia se desencadenó. Gedeón lo sabía: en la violencia prosperan y se consolidan los más fuertes.
Mayor fuerza no es sólo mayor número de escopetitas o de hombres. Es además, disciplina, organización, conducción estratégica, habilidad táctica, espíritu de combate y condiciones objetivas —las famosas y denostadas condiciones objetivas— favorables en el área nacional y en el área internacional.
Vietnam pudo vencer porque tenía armas; pero sobre todo porque defendía a su tierra, fue capaz de todos los sacrificios, aceptó una disciplina de hierro y tuvo jefes y soldados de excepción, estrategas geniales y tácticos habilísimos. Las batallas no se ganan sólo con armas; pero tampoco sólo con entusiasmo. Y es más fácil obtener el triunfo —aún efímero— en el primer caso que en el segundo. Fue lo que le ocurrió a la Comuna. Fue lo que le ocurrió aquí, en nuestra tierra, a la «Revolución de las Lanzas» en 1872, a la Tricolor en 1875, a la del Quebracho en 1886. A las revoluciones de 1897 y de 1904.

3. — Es lógico, diríamos natural, que los vencedores en cualquier lid —cuanto más enconada mayor es el deseo— quieran culminar su empresa. ¿Por qué combatir y exponerse, por otros, cuando esos otros sin ellos no hubieran podido sobrevivir? Culminar la obra significa aplastar al enemigo, prever y vigilar su posible renacimiento y también; ¿por qué no?, erradicar las causas del conflicto para evitar que reaparezca. Y a veces los vencidos —los ejemplos abundan— «contagian», inspiran o «conquistan» desde adentro, a los vencedores. El proceso dialéctico es muy complejo. ¿Quién, en definitiva, vence a quién?

4. — Según la constitución y la ley, el jefe de las Fuerzas Armadas es el presidente de la república. Y entre sus elementales potestades tiene la de designar a los ministros, a todos los ministros, incluido, claro está, el de Defensa.
El 8 de este mes de febrero, no obstante, los mandos militares declaraban que «han decidido desconocer las órdenes del ministro de Defensa Nacional general Francese, al mismo tiempo que sugerir al señor presidente de la república la conveniencia de su relevo». Dejemos la sugestión, que es un eufemismo y detengámonos en el desconocimiento. ¿Cómo califican a este acto los códigos, las leyes y demás? ¿Cómo lo castigan? ¿Sólo merece el título de subversión la otra, la derrotada? Y, además, ¿qué significa el hecho? Desde ese momento —es lo que trágicamente olvida o intenta olvidar el señor Bordaberry— la autoridad del presidente —no sólo la del ministro de Defensa— estuvo cuestionada. Pero después el descaecimiento se agravó y de la tal autoridad únicamente queda un vago reflejo.
Formulismo jurídico; resabio de un caduco liberalismo burgués; defensa de una constitución que no existe, se aduce. Actitud de «conservadores» (sic) se afirma, con frivolidad desconcertante, por ahí.
No nos enfrasquemos en este debate que se va por las ramas y puede que coseche palos. Y tampoco nos demos a discutir intenciones que a todos se las atribuimos purísimas. No nos apartemos de los hechos: los simples y claros hechos. Los mandos que deben obedecer, le niegan a quien ocupa la presidencia la elemental facultad de designar ministro a determinada persona. Ergo, habrá que nombrar a quien dichos mandos acepten.

5. — El designado ministro de Defensa renuncia y durante horas y días, el presidente de la república que no se resigna a abandonar su puesto, conferencia con los mandos.
Para sobrevivir, el señor Bordaberry pierde las razones de vivir. La opción, sin embargo no era dudosa: resistir o dimitir. Eligió someterse. Prefirió el emparchado a la decisión. Para él, según se desprende de sus propias palabras, lo fundamental es durar hasta el término de su mandato, aunque ese su mandato penda de un hilo que no está en sus manos y aunque del poder consiguiente sólo ejerza, menos del que le compete o poco o nada.
Al cabo de esas largas y, presumimos, febriles deliberaciones, el presidente logró su propósito: quedarse y mantener, con algunas hondas grietas, eso si, la fachada. El general Francese fuese; el señor Ravenna, pasó a Defensa, materia de su especialidad como es notorio y el coronel Bolentini ocupó Interior. Los demás ministros siguieron sentados en los mismos sillones. Aquí no ha pasado nada. Lo que recuerda la anécdota de la joven incauta casada. con un bígamo del que tuvo mellizos. Anulado el matrimonio, el juez sentenció: «Vuelvan las cosas a su estado de antes». Para la niña incauta y sus desolados padres fue, en verdad, difícil. Lo será también y más, ahora, volver a lo de antes, porque ahora. contaremos, entre otros, con el regalo del Cosena, organismo cuyas finalidades y formas de integración aún están en la penumbra pero que, de acuerdo con las propias palabras del propio señor Bordaberry —profeta de la esperanza y del optimismo— «asesorará al presidente de la república en la tarea de crear las condiciones de seguridad (sic) —¿cuáles son esas condiciones y quién las determina?— para el logro de sus objetivos nacionales».
«Ahora. —agregó— (como se ve leímos esa pieza de antología que es su último discurso), a través de estos medios las FF.AA. tendrán el camino jurídico (sic) abierto para abordar la nueva misión que el Poder Ejecutivo les encomienda: en setiembre de 1971, recibieron el encargo de asumir la conducción de la lucha antisubversiva; ahora reciben la misión de dar seguridad (sic) al desarrollo nacional».
Además —no ha de olvidarse— los mandos expusieron en algunos comunicados —4 y 7, según creemos recordar— las directivas —¿es un programa?; ¿es un plan?; ¿es sólo un catálogo de aspiraciones generales?— de la acción del gobierno. El programa, no lo traza el partido triunfante, no lo redactan el presidente y sus ministros. Lo elaboran, y custodian su cumplimiento, los mandos.
Ciertos exégetas, más realistas que el rey se han dado a la apasionante y fecunda tarea de analizar tales comunicados. Donde dice negro debe entenderse blanco y donde se ha puesto coma corresponde que vaya punto y coma.
El Cosena tendrá así su carta orgánica elaborada por anticipado y también por anticipado, explicada, analizada y comentada.

6. — Todo cuanto ocurrió entre el 8 de este mes y nuestros días se desarrolló ante la más absoluta indiferencia popular. Cien o doscientas personas en una ciudad de millón y medio de habitantes, se reunieron frente a la Casa de Gobierno para vivar al señor Bordaberry. Número parecido y tal vez no pocas de las mismas pocas personas se juntaron con igual propósito, en la calle Suárez.
Al vacio de poder que venía de atrás, se sumó el vacío de opinión. Total.
¿Dónde estaban los casi doscientos ochenta y un mil ciudadanos que votaron en Montevideo por el coloradismo en la elección de 1971?
¿Dónde, los ciento sesenta mil largos, que dentro del coloradismo, sufragaron por el pachequibordaberrismo?
¿Por qué algunos miles de ellos por lo menos, no salieron a defender «1a constitución y las instituciones» y a solidarizarse con el presidente; presidente colorado, en primer término; sucesor, designado, entre gallos y medianoche, del señor Pacheco para servir de cuarteador del reeleccionismo?
¿Por qué no se dejaron ver los socios del pacto chico, celosos defensores de la legalidad, acérrimos cruzados de la antisubversión?
¿Qué significación tiene entonces el pesado aparato político electoral? ¿De qué sirve y para qué sirve, como polea para arrear votantes? ¿Es, en resumidas cuentas, un partido, aquel que no puede mover ni una parte de sus afiliados o de sus votantes en circunstancias como las de la última semana?
¿No «fue el de estos días un plebiscito por ausencia?

7. — ¿Qué hacer? se preguntan algunos. ¿Defender a la constitución cien veces desconocida y pisoteada por los encargados de aplicarla? ¿Defender a un gobierno sin autoridad, que negocia en lugar de resistir y que ha acumulado errores tras errores? ¿Defender a un régimen carcomido del cual ese gobierno o agobierno, es expresión?
Todo se ha subvertido tanto, tanto se ha manoseado y prostituido, que ya no existen constitución, leyes, instituciones. Lo que debía ser, fue: el colapso. Y el señor Bordaberry nacido presidente en el vacío, al vacío debe ser reintegrado. «Como gota que vuelve a la mar.»
Pero plantear así el problema es, creemos, plantearlo equivocadamente.
Empecemos por decir que es preferible tener una constitución, aun mala, aun violada. a no tener ninguna.
Pero lo que está en juego es todavía algo más sustancial y hondo y no es probo ni útil usar o abusar de los chisporroteos retóricos y de las largas tiradas seudo doctrinarias, para esconderlo. La cuestión es simple; y va más allá del respeto o no de la constitución; del mantenimiento o no de las instituciones; de la permanencia o no de un presidente; se trata de que el poder militar, lo quieran o no lo quieran, quienes lo ejercen, ha sustituido al poder político. En todo lo que va del siglo, como lo recuerda Julio Castro en este mismo número, nunca ocurrió nada semejante. El golpe de estado de 1933, lo dio el señor Terra, presidente de la república, hombre, político en ejercicio del poder político, quien ni siquiera recurrió a los militares para lanzarse a su aventura. Utilizó a la policía. El golpe de estado de 1942, lo consumó el señor Baldomir, también presidente de la república en ejercicio del poder político. Tampoco necesitó de los militares para cumplir su empresa. Le bastó, otra vez, con la policía.
Ahora en cambio, son las Fuerzas Armadas las que actúan autonómicamente, deliberan, proclaman y exigen.
Hay entre lo de ayer y lo de hoy, diferencias cualitativas profundas e insoslayables, y no hemos vivido tantos largos años como hemos vivido, para renunciar y dar la espalda, movidos en el mejor de los casos por cegadores espejismos, a lo que siempre hemos creído: al poder militar como tal, como organización con personalidad, disciplina y fines propios —distinto es el caso de los militares cuando actúan como ciudadanos independientes—, no le corresponde ejercer el poder político. Es una conmixtión peligrosa que el país, intuitiva o conscientemente, sobretodo después de las dolorosas experiencias del siglo último, siempre ha mirado con desconfianza y siempre ha terminado por rechazar.
¿Qué hacer? vuelven a preguntarse algunos Hamlets. Los hechos se han producido. Nada podemos contra ellos. Las cartas están mezcladas y las aguas bajan turbias. Se encuentran, entre esos dubitativos, los que creen que el poder militar puede hacer o impulsar la «revolución» que el país necesita. El fin, se consuelan, justifica los medios. No vamos a destruir sus ilusiones.
Están también, los que arguyen: puesto que todo es irreversible, palabra ahora muy a la moda, lo positivo, palabra también a la moda, y lo fecundo, es no apartarse del proceso, para evitar que se tuerza y sus dirigentes incurran en errores. Visión de políticos prácticos que sería lamentable fueran, en verdad, menos prácticos de lo que se consideran.
¿Qué hacer? Puesto que el planteo una vez que se prescinde de la hojarasca es simple la respuesta también es simple. La consumación no es justificación y el poder militar, repetimos, no debe reemplazar al poder político. Entonces queda sólo una vía: consultar al pueblo, tantas veces invocado, tantas engañado, tantas inducido a error; plebiscitar programas concretos, más que programas planes y proceder a nuevas elecciones dado que el poder político en uno de sus más encumbrados representantes se ha hecho el harakiri.

8. — No nos hacemos muchas ilusiones al respecto. Y también decimos que al emparchado actual pocas probabilidades de supervivencia le atribuimos. El horizonte es, por tanto, oscuro.
Lo comprendan o no los orientales, lo quieran o no los protagonistas, una nueva era se ha abierto, en esta tierra. La era de los militares que puede durar no poco. Todo proceso tiene su dinámica propia. Los hombres manejan los hechos —a veces es sólo creencia— hasta cierto punto. Después el engranaje, como en las novelas de ciencia ficción, sigue caminando por su cuenta y cuando no tritura a sus creadores, los empuja o arrastra. Es posible por ejemplo, que en los sucesos de estos días algunos de los actores hayan ido, hayan tenido que ir, más allá de lo que preveían o querían.

9. — Se suele hablar de experiencias extranjeras para cohonestar ciertos alborozos o ciertos deseos: la de los militares revolucionarios de Perú; la de los no menos revolucionarios de Ecuador; o la de los también revolucionarios de Panamá. Algunos, y ya la letra es otra y otra la tonada, miran con ojos humedecidos hacia Brasil.
¿Por qué volar tan lejos, a tierras. que son distintas de las nuestras, a países con estructuras económicas y sociales y superestructuras políticas que no se asemejan a las de Uruguay? ¿Por qué, en cambio, olvidar a Argentina que está ahí cerquita, allende el disputado río?
Tampoco, bien sabemos, la semejanza es total y así como la historia no se repite, las experiencias en medios distintos, no sirven como calcomanías. Pero de todas maneras, bien filtrados los hechos y habida cuenta con prudencia, de las condicionantes, la historia argentina de estos últimos años puede sernos de alguna utilidad.
No hay que remontarse a los años de Uriburu. Basta acercarse a los de Frondizi, el civil que sucede a la «revolución libertadora». Electo en 1958, sagaz y sutil, ligero de escrúpulos, Frondizi maniobró hasta el 62 para quedarse en el poder. Transó, se contradijo, borró con el codo lo escrito con la mano, toleró tutelas, aceptó directivas y disimuló desmanes. Al primer intento de resistencia, lo echaron. Vino Guido, para conservar la cáscara constitucional. Fue apenas, un pelele. Nuevas elecciones en las que se proscribió al peronismo, llevaron a la presidencia a Illia, hombre tranquilo y digno. No se inclinó. En el 66, después de las peleas, dentro de las Fuerzas Armadas, de azules y colorados, llegó Onganía. Un complot de palacio lo sustituyó por Levingston. Otro complot, puso en lugar de éste a Lanusse. Desde hace años los militares argentinos, que ahora han empezado a ver que están metidos en camisa de once varas, andan de cabildeo en cabildeo, buscando una salida electoral a la situación; pero una salida que les permita abandonar la escena —»nunca escapa el cimarrón si dispara por la loma»—, eludir responsabilidades y seguir manejando los hilos. Amenazas y curialescas gestiones para proscribir otra vez al peronismo; prohibición a Perón de regresar; sujeción del nuevo gobierno a las directivas —los famosos cinco puntos— trazados por el actual.
No se conoce aún el desenlace. Lo que se sabe es que los militares gobiernan desde hace diez años, y que en esos diez años, se han devorado los unos a los otros, han arruinado a la Argentina y ahora quieren que otros saquen la cara por ellos. La tragicomedia no ha terminado; pero ya puede apreciarse el paño.
¿En ese espejo no debemos miramos?
En 1966, unos amigos de Buenos Aires, a poco de la ascensión de Onganía, vinieron a Montevideo. Discutimos con ellos duramente. Eran y son militantes auténticos y probados; pero la ofuscación y el afán de desquite los cegaba. Recordamos que nos repetían hasta el cansancio, razones y expresiones que ahora extrañamente hemos vuelto a oír. A la basura con los formalismos democráticos, nos decían en síntesis; todo eso ha muerto; es el legado del podrido liberalismo del siglo XIX; Argentina necesita una revolución nacional; Onganía la hará porque no tiene otra salida. Vigilamos y somos fuertes. Por el mismo tiempo, Frondizi también adhería con júbilo a la revolución nacional de Onganía. No le ha ido muy bien a Frondizi. No les fue muy bien a nuestros amigos de siempre que volvieron a luchar por lo que nunca debían haber abandonado.
Leemos que un corresponsal le escribía a Bakunin: «Para llegar a ser un hombre es necesario morir muchas veces». Lo mismo le ocurre, pensamos, a los países: para ser un país deben morir muchas veces.
De esta muerte cuya duración nadie puede prever, nacerá, si no bajamos la guardia, otro Uruguay mejor. Así lo sabemos. Nunca hemos pecado contra la esperanza. ¿Por qué habríamos de hacerlo ahora, cuando la sombra ya está al alcance de la mano?
Tiempos hay para todo. Tiempo para quedar solo, también. No sería la, primera vez. Puede sí que sea la última. Pero eso no importa. Otros verán lo que nos fue negado o no supimos conquistar.