Para las fiestas de fin de año viajé a Montevideo. Hacía menos de 2 meses que había estado pero el cambio percibido en ese corto período me resultó alarmante. Es que no fue sutil. Si bien había visto gente durmiendo en la calle, esta vez, no se si animados por el calor que les permite una movilidad que el invierno les quita, me pareció que había mucho más gente en la vereda. Lo que hace algunos años era una excepción hoy se repite como una escena fija: colchones vencidos sobre las veredas, refugios de cartón armados con una mezcla de ingenio y derrota, bolsas rotas, restos de comida y un olor persistente que habla de abandono más que de suciedad. No es solo una transformación estética; es una grieta en la convivencia cotidiana, una tensión constante entre el fastidio del vecino y la compasión que a veces incomoda más que el rechazo.
Esta realidad no admite miradas simples ni respuestas rápidas. Exige algo más difícil: detenerse, incomodarse y aceptar que la verdad no está de un solo lado de la vereda.
Para comprender el conflicto hay que animarse a mirar ambas experiencias sin romantizarlas ni demonizarlas, entendiendo que el miedo y el desprecio pueden convivir en la misma cuadra.
Negarlo sería una evidente forma de hipocresía. La presencia permanente de personas viviendo en la calle afecta la vida diaria de quienes habitan y transitan la ciudad.
El vecino siente inseguridad. Los gritos nocturnos, las discusiones territoriales, los estados de alteración producto del consumo de alcohol y drogas, y la imprevisibilidad, generan temor. No es paranoia: es una reacción humana ante lo desconocido y lo desbordado.
También hay un deterioro del entorno. La basura alrededor de las volquetas, el uso de la vía pública como baño, la imposibilidad de mantener la higiene mínima afectan la salud colectiva y erosionan el cuidado barrial que tanto cuesta construir.
Y está la apropiación forzada del espacio común. Cuando una vereda se convierte en dormitorio permanente, el derecho al libre tránsito se resiente. Lo público se privatiza por necesidad, y es cuando el rechazo surge, inmediato y comprensible.
Nada de esto es inventado ni exagerado. Son molestias reales que nadie debería ser obligado a naturalizar.
Pero del otro lado de esa incomodidad hay una vida que, siendo honestos, la mayoría no soportaría ni una noche. La persona que “afea” la ciudad no es una postal elegida, sino el resultado de una acumulación de quiebres: salud mental deteriorada, adicciones que devoran la voluntad, vínculos rotos, soledad absoluta.
Vivir en la calle en Montevideo no es solo molestar. Es estar expuesto a la violencia gratuita, a los robos entre pares, a las burlas, a la indiferencia, a la noche larga y sin refugio. Es existir sin puertas que cerrar.
Y aparece una paradoja dolorosa: ese mismo hombre o mujer que genera temor suele decir “con permiso”, pedir disculpas por estorbarte al cruzarse contigo en la vereda, bajar la mirada. En ese gesto mínimo sobrevive algo esencial: la conciencia de ser humano, de haber tenido una vida anterior, una mesa, una familia, un nombre pronunciado con afecto.
Muchos no están ahí por elección. Están ahí porque su mente se quebró antes que su cuerpo. El grito, el insulto o el canto a deshora no siempre son agresión; a veces son síntomas, mecanismos de defensa, señales de un sistema de salud que llegó tarde o nunca llegó.
Hay algo profundamente incómodo en todo esto. Resulta más fácil discutir conflictos internacionales, indignarse con dictadores lejanos o teorizar sobre ideologías abstractas que enfrentar el drama humano que duerme en nuestro propio portal.
La situación de calle se ha vuelto parte del paisaje, algo que se critica en redes y se esquiva en la vereda, pero que termina siendo aceptado como una fatalidad inevitable. Y no lo es.
La responsabilidad principal no es del vecino cansado ni del indigente roto. Es de un Estado que llega tarde, mal o directamente no llega. Porque esto no se soluciona solo con más refugios nocturnos ni con operativos de “limpieza”. Se necesita atención psiquiátrica real, tratamientos de adicciones sostenidos, seguimiento, reinserción social, equipos interdisciplinarios y voluntad política. Todo lo que no da rédito electoral inmediato.
Mientras el debate se empantana en discursos y excusas, el hombre de la esquina sigue ahí: siendo un problema para quien pasa apurado y una tragedia silenciosa para sí mismo.
Reconocer que son humanos no elimina las molestias que generan. Pero aceptar que viven una miseria extrema debería obligarnos a exigir soluciones que no se limiten a esconder el problema. No se trata de elegir entre compasión u orden, sino de entender que sin humanidad no hay orden duradero, y sin reglas tampoco hay convivencia posible.
El punto común empieza cuando dejamos de mirarnos como enemigos involuntarios y comenzamos a señalar a quien realmente debe actuar. Cuando entendemos que nadie gana en esta guerra muda de veredas compartidas.
Porque no estamos hablando de animales despreciables ni de obstáculos urbanos, sino de personas que se están perdiendo a la intemperie mientras el resto seguimos caminando, cada vez más acostumbrados al desastre.
Y esa costumbre, quizás, sea el síntoma más grave de todos.
