Hubo escándalo. Escándalo con mayúsculas, con sirena, con editor de cejas fruncidas y titular indignado. Un senador uruguayo, en plena sesión, mirando en su celular la foto de una famosa argentina. Deténganse ahí. Respiren. Sí, eso fue todo. No estaba traficando órganos, no estaba vendiendo el país en cuotas sin interés, no estaba durmiendo la siesta en la banca. Estaba mirando una foto. De una mujer. Una mujer real, de carne, hueso y portada de revista. Y no cualquier mujer, claro. Zaira Nara. El tipo tiene buen gusto, hay que concedérselo, pero en el tribunal de la inquisición digital, eso es lo de menos.
Lo que realmente irrita a la progresía de cristal no es que el legislador lo estuviera haciendo en «horario de trabajo» (concepto abstracto si los hay en el Palacio Legislativo), sino la falta de perspectiva de género en su ocio digital. ¡Qué falta de deconstrucción, por favor!
Si el buen hombre hubiera estado scrolleando fotos de un colectivo de danza contemporánea no binaria o admirando la estética de un influencer que se identifica como heladera de bajo consumo, hoy la prensa hablaría de su «sensibilidad» y su «apertura mental». Los titulares dirían: «Legislador uruguayo rompe moldes y abraza la diversidad en plena sesión». Pero no, el tipo tuvo la osadía de mirar a una «persona menstruante». ¡Qué horror! ¡Qué falta de empatía con el cupo trans!
Seamos honestos: ¿Quién no ha hecho scroll infinito para evitar que el cerebro se le derrita mientras el jefe explica el nuevo protocolo de las fotocopiadoras? Ahora imaginen eso, pero multiplicado por mil, escuchando los discursos de gente que llegó para «jerarquizar la política» y termina balbuceando consignas que parecen sacadas de un sobre de azúcar.
El senador estaba ahí, navegando entre una noticia de un bache en Canelones y un análisis de la Copa Libertadores, cuando ¡pafate!, aparece Zaira. Es un reflejo condicionado. Es la luz al final del túnel de una sesión donde se discute la importancia de la cría del caracol de jardín. En ese segundo fatídico, donde el dedo se detiene por pura inercia estética, aparece el fotógrafo ninja, ese centinela de la moral ajena que vive esperando el parpadeo del rival.
Analicemos la gravedad de los cargos:
1. Mirar fotos en el trabajo: Como si el resto de los mortales no tuviéramos el historial del navegador pidiendo clemencia a las 4 de la tarde.
2. Admirar a una mujer casada: ¡Y casada con un hombre! El colmo de lo convencional. Si Zaira hubiera tenido un desliz lésbico mediático, el senador sería un «aliado». Pero como es una familia tradicional, el acto se convierte en una agresión patriarcal.
Porque al final, ¿qué es lo que están condenando? ¿Que un hombre mire a una mujer? ¿Que una mujer sea mirada? ¿Que la belleza exista sin pedir permiso? Transforman a la mujer en el centro de algo supuestamente sucio, reprochable, cuando en realidad el barro lo llevan en la mirada. No hablan mal del tipo. Se desnudan ellos.
La hipocresía es una fábrica que nunca cierra. Se inventan escándalos con lo que haya a mano, se enchastran personas para llenar espacios, se moraliza el deseo mientras se hace clic compulsivo en la misma foto que se finge condenar.
Así estamos. Un país con problemas reales, profundos, estructurales, y la alarma se dispara porque un senador miró una foto. No una coima. No una ley infame. Una foto. Tal vez el verdadero escándalo no sea lo que miraba, sino todo lo que dejamos de mirar mientras tanto.
