El colchón y los sindicalistas

En los años 2000 la crisis económica nos pegó demasiado fuerte. Ni vale la pena recordarla con demasiado detalle, porque fue una época para el olvido. En la frontera todavía sufríamos las consecuencias de la estruendosa devaluación del real brasileño de 1999, que había dejado prácticamente moribundo el comercio de los free shops. Cerraron más de setenta en aquella época. Mucha gente emigró buscando una vida mejor, otros quedaron sin trabajo y tampoco faltaron las medidas desesperadas…

Como si eso fuera poco, a esa situación se fueron sumando una sequía devastadora, el rebrote de fiebre aftosa que golpeó de lleno a nuestro principal sector exportador y, finalmente, el corralito argentino, cuya crisis terminó arrastrando también al sistema financiero uruguayo. El resultado fue una tormenta perfecta que dejó al país al borde del colapso económico.

Recuerdo que, por aquellos años, dejaron de pagarnos en el trabajo. No porque el dueño del hotel fuera una mala persona, sino porque, sencillamente, no había trabajo. Había días enteros sin un solo huésped. Un sábado salí a las tres de la tarde con ocupación cero. El domingo volví a entrar a las tres y seguíamos con ocupación cero. El lunes ocurrió exactamente lo mismo. Recién el martes de mañana llegó un huésped. Fue uno de apenas cinco que se alojaron esa semana.

El dueño nos reunió y nos explicó la situación con total franqueza. Todos estuvimos de acuerdo en seguir trabajando, mantener el hotel abierto y cobrar cuando fuera posible. Irnos no era una opción. Los comercios cerraban casi a diario y los despidos se multiplicaban. Emigrar tampoco. Todos teníamos familia y no contábamos ni con el dinero para un pasaje a Montevideo. Así que hicimos lo único que podíamos hacer: aguantar.
Con el tiempo la tormenta empezó a pasar. Entre 2003 y 2004 la actividad volvió lentamente y comenzaron a pagarnos todo lo atrasado. Llegó un momento en que cobrábamos cuatro veces por mes: el sueldo corriente, un adelanto de la deuda, el vale habitual y un segundo pago de lo adeudado. Parecía que la plata nos brotaba de los bolsillos… aunque desaparecía con la misma velocidad, porque había cuentas acumuladas por todos lados que finalmente podíamos empezar a saldar.

Siempre pensé que, si en aquel momento hubiéramos optado por el enfrentamiento antes que por la supervivencia, probablemente habríamos perdido todos. Nosotros nos habríamos quedado sin trabajo y el hotel, muy posiblemente, habría terminado cerrando sus puertas. No fue una decisión fácil, pero el sacrificio compartido permitió que la empresa sobreviviera y que, cuando las cosas mejoraron, nadie quedara abandonado.

Recuerdo una anécdota que retrata muy bien aquellos tiempos: Me levantaba todos los días con la espalda destrozada porque el colchón ya no daba más. Después de muchísimo esfuerzo logré ahorrar $3.500, que, en el contexto de la época representaban una verdadera fortuna. Entré a un comercio de Rivera convencido de que, aprovechando alguna oferta, podría comprar uno. Ni siquiera me alcanzaba para el más barato: costaba exactamente el doble.
Le propuse al comerciante entregarle los $3.500 y financiar el resto en dos o tres cuotas. Me respondió que no. Solo vendía al contado o mediante una financiera que terminaba cobrando el equivalente a varios colchones. Le expliqué dónde trabajaba, le dije que mi patrón incluso estaba dispuesto a salir de garantía si era necesario. No hubo caso.

Entonces pensé: «¿Y si pruebo en Livramento?».
Crucé la frontera y entré en una conocida casa del centro. Me atendieron como a un rey. Tal era la necesidad de vender que parecía más importante que hubiera entrado un cliente que el negocio mismo. Pregunté por colchones y el vendedor me mostró varios baratos pero de dudosa calidad. Así que subí el nivel y le pregunté por uno que tenía pinta de ser carísimo. Costaba ¡$4.000!
«¿Y si pago al contado?», le pregunté.
Hizo un par de cuentas y respondió:
«Se lo dejo en $3.500.»Acepté en el acto. Media hora después, el propio gerente me estaba subiendo el colchón hasta el apartamento, sin cobrar un peso por el envío.

Con los años entendí que aquella historia no era solamente sobre un colchón. Era una lección sobre tres maneras muy distintas de enfrentar una crisis. La nuestra, aceptando sacrificios para mantener viva la fuente de trabajo. La del comerciante riverense, aferrado a una rigidez que le hizo perder una venta segura. Y la del comerciante brasileño, dispuesto a resignar parte de su ganancia para que el negocio siguiera girando.

Quizás por eso nunca logré comprender ciertas formas de acción sindical que, en lugar de proteger el trabajo, terminan poniendo en riesgo la propia actividad que lo sostiene. Cuando se ocupa una fábrica impidiendo que otros trabajen, o se paraliza una obra en un momento crítico, bloqueando tareas cuya continuidad resultan esenciales para que el proyecto siga adelante, me cuesta ver allí una estrategia de defensa del empleo. Siempre me da la impresión de que es como serruchar la rama sobre la que todos están sentados.

Las empresas necesitan trabajadores, pero los trabajadores también necesitan empresas. Si una de las dos partes apuesta a destruir a la otra, el resultado rara vez es una victoria: casi siempre termina siendo menos inversión, menos producción, menos empleo y menos oportunidades para todos.

La experiencia que viví me dejó una convicción sencilla: en tiempos difíciles, quienes buscan acuerdos para mantener la rueda girando suelen construir futuro; quienes prefieren detenerla para imponer su posición corren el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que una rueda detenida ya no lleva a nadie a ninguna parte.

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