El exilio de los decentes

Tengo un amigo de la juventud al que veo muy poco. Hablamos todavía menos. Sin embargo, cuando finalmente lo hacemos, el tiempo desaparece. La conversación retoma exactamente donde había quedado meses atrás, como si la larga pausa de nuestro silencio hubiese sido de tan sólo diez minutos.

Siempre me fascinó su relación con la política. Cuando tuvo edad para votar eligió el Partido Colorado. No por una convicción profunda. Simplemente era el partido de su familia. Votó por tradición, como tantos uruguayos.

Un día, mientras conversábamos, empezó a describir cómo sería, según él, el partido político ideal. Enumeró una larga lista de principios, de valores, de formas de entender el Estado y la sociedad.
Cuando terminó alguien le dijo: «¿Te das cuenta de que acabás de describir el ala izquierda del Partido Nacional?»

Se quedó pensando. Lo analizó. Y terminó dándole la razón.
A partir de entonces acompañó al Wilsonismo de Carlos Julio Pereyra. No porque hubiera descubierto un nuevo amor partidario, sino porque creyó encontrar un espacio más cercano a las ideas que defendía. Con el tiempo tampoco le alcanzó. Terminó incorporándose al Frente Amplio, donde militó durante años con una entrega difícil de encontrar. 

Llegó a ser edil. Pero nunca entendió ese cargo como un trampolín político. Lo entendía como una herramienta para solucionar problemas. Y ahí empezaron sus problemas. El devolvía los viáticos que le sobraban despúes de una actividad. Siempre decía: Esa plata no es mía, lo lógico es que la devuelva. Eso le valió las primeras críticas ¡hubo quien salió a la radio a acusarlos de traidor, por devolver lo que no era de él! Si, hasta ese punto llegó la desvergüenza.

El no se inmutó y siguió con su estilo de trabajar por la gente y de actuar lo más honestamente posible. En determinado momento, se planteó un proyecto importante: Golpeó puertas, negoció, convenció, destrabó expedientes y coordinó esfuerzos hasta lograr que una compleja maquinaria institucional terminara construyendo más de cien viviendas de MEVIR para familias que llevaban años esperando.
El día de la inauguración hablaron dirigentes, autoridades y referentes. Todos encontraron un micrófono. Todos encontraron una cámara. Todos encontraron una oportunidad para adjudicarse parte del mérito.

Él permaneció atrás. No porque fuera tímido. Porque nunca sintió la necesidad de vender como heroísmo aquello que los contribuyentes esperaban de un político. Su satisfacción consistía en otra cosa: acostarse esa noche sabiendo que más de cien familias tendrían una casa.

Después llegó el caso Sendic. Mientras muchos buscaban argumentos para justificar lo injustificable, él hizo exactamente lo contrario. Desde su programa radial cuestionó con dureza la conducta del entonces vicepresidente. No entendía cómo alguien podía defender semejante comportamiento por el simple hecho de pertenecer al mismo partido.

La respuesta no fue discutir sus argumentos. Le pidieron que moderara sus críticas. Que entendiera el contexto. Que acompañara al compañero. Se negó. Terminó siendo citado ante el Tribunal de Conducta Política del Frente Amplio. Fue. Y les dijo que no pensaba callarse para proteger a quien, según su criterio, había actuado mal.

La historia volvió a repetirse. Tiempo después supo que un diputado había realizado un viaje oficial a España con viáticos estatales y había aprovechado la ocasión para incluir a su esposa sin asumir personalmente esos gastos.
A él aquello le pareció profundamente antiético. Lo denunció públicamente. Otra vez llegaron las presiones. Otra vez apareció el Tribunal. Y otra vez respondió exactamente igual: No iba a dejar de decir lo que pensaba porque alguien se sintiera incómodo.

A esas alturas ya no era un militante valioso. Era un problema. Y cuando una organización decide que alguien es un problema, tarde o temprano aparece una excusa.

En su caso fue un comité de base que funcionaba en una habitación de su propia casa, acondicionada con dinero de su bolsillo y por cuya utilización jamás habían pagado ni un peso porque se los cedió gratuitamente. De pronto surgió la acusación de que se había quedado con dinero destinado al alquiler del comité. Incluso si se hubiera quedado con ese dinero inexistente, por un local de su propiedad, no había ilegalidad. Pero eso ya era secundario. Lo importante era construir un motivo. Él entendió perfectamente el mensaje. Y presentó la renuncia.

No estaba dispuesto a permanecer en un lugar donde denunciar conductas poco éticas terminaba siendo más grave que protagonizarlas. Con el tiempo volvió al Partido Colorado. Le ofrecieron un cargo. Lo rechazó. No porque despreciara la oportunidad, sino porque, según me dijo, no se consideraba la persona adecuada para ejercer esa responsabilidad.

En una época en la que tantos creen estar preparados para cualquier cargo apenas aparece una oficina con una placa en la puerta, aquella respuesta me pareció casi extravagante.

Poco después abandonó definitivamente la política. Hoy vive tranquilo. Ni siquiera mira los informativos porque, según dice, no quiere hacerse mala sangre.

Disfruta de su jubilación, de sus rentas, viaja, pasa tiempo con sus hijos, escucha música y mira películas.
Encontró la paz lejos de aquello a lo que había dedicado buena parte de su vida.
Podría decirse que tuvo un final feliz.

Pero no estoy seguro de que el país también lo haya tenido. Existe una idea peligrosamente instalada según la cual los mejores políticos son los más hábiles para negociar poder, disciplinar a los propios y soportar silenciosamente las contradicciones del partido.

Yo empiezo a creer exactamente lo contrario. Los mejores son los que incomodan. Los que denuncian aunque el denunciado sea un compañero. Los que prefieren perder un cargo antes que perder la vergüenza. Los que rechazan responsabilidades para las que no se consideran preparados.
Los que entienden que la lealtad nunca puede estar por encima de la honestidad.

El drama es que esas personas rara vez prosperan en política. No porque les falten votos. Porque les sobra conciencia. La política suele expulsarlas lentamente. No hace falta echarlas a patadas. Alcanza con aislarlas, desacreditarlas, cansarlas y convencerlas de que el precio de conservar la decencia es quedarse sin lugar. Y así terminan exiliándose. No del país, del poder. Mientras tanto, quienes aprendieron a callar, a justificar lo injustificable y a obedecer sin preguntar siguen ascendiendo escalones.

Después nos preguntamos por qué la ciudadanía desconfía de la política.
Tal vez porque hace demasiado tiempo confundimos disciplina con integridad, obediencia con lealtad y conveniencia con principios.
Mi amigo hoy vive mejor que cuando hacía política. De eso no tengo dudas.
La duda que me queda es mucho más incómoda. ¿Cuántos hombres y mujeres como él habrá expulsado el sistema sin que nos diéramos cuenta?
Y, sobre todo, ¿cuánto mejor sería Uruguay si, en vez de premiar a quienes saben cerrar la boca, empezáramos a valorar a quienes nunca estuvieron dispuestos a vender la conciencia por un cargo?

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