Si funciona hay que romperlo

Había una vez, en un reino muy lejano, una cofradía de individuos sombríos y malhumorados. Eran criaturas extrañas: desconfiaban del esfuerzo, despreciaban la productividad y observaban con profundo resentimiento a cualquiera que tuviera la extravagante idea de abrir un negocio, invertir sus ahorros o, peor aún, crear puestos de trabajo.

Aquello les parecía una provocación.
Convencidos de que alguien debía detener semejante amenaza, decidieron organizarse. Y como toda organización respetable necesita un nombre pomposo, convocaron una asamblea extraordinaria que duró siete días, nueve noches y tres licencias médicas.

Tras arduos debates, acusaciones cruzadas y dos paros de la propia comisión organizadora, nació la primera de las grandes instituciones del movimiento: C.O.N.C.H.A. Confederación Obrera Nacional Contra Horarios Abusivos. Su lema fue aprobado por unanimidad: «Porque madrugar debería ser considerado una violación de los derechos humanos.»

Sin embargo, no todos quedaron conformes. Como suele ocurrir en toda organización dedicada a la unidad, inmediatamente comenzaron las divisiones. Así surgieron otras agrupaciones igualmente ilustres:
P.E.N.E. Partido Emancipador de la No Explotación – «Luchando para que el esfuerzo físico quede donde pertenece: en los libros de historia.»
G.A.R.C.H.A. Gremio Autónomo de Rechazo al Capitalismo, Horarios y Actividades«El ocio no es un privilegio, es una profesión.»
P.I.J.A. Plenario Internacional de Jubilación Anticipada«Trabajar hasta los 65 es una teoría conspirativa de Recursos Humanos.»
V.A.G.I.N.A. Vanguardia Anti Gestión Industrial y Normativas Absurdas«Menos planillas, más siestas.»

Muchos observadores encontraban curiosa la obsesión de estas organizaciones con ciertos aspectos de la anatomía humana al momento de elegir sus nombres. La explicación llegó durante el Primer Congreso Nacional de Resistencia a la Productividad.

Allí, uno de los fundadores de C.O.N.C.H.A. tomó la palabra y pronunció un discurso que luego sería estudiado en la UDR (Universidad del Reino).
«Los patrones nos quieren romper el orto y voy a demostrarlo científicamente» declaró con solemnidad.
Un respetuoso silencio invadió la sala.
«Todo comienza cuando un empresario abre un negocio. Al principio parece inofensivo. Ofrece un salario, café gratis y hasta una fiesta de fin de año. El trabajador, desprevenido, acepta. Pero entonces empiezan las exigencias.»
El orador hizo una pausa dramática.
«Primero te piden puntualidad. Después responsabilidad. Más tarde compromiso. Luego productividad. Y finalmente pretenden que trabajes durante toda la jornada por la que te están pagando.»
Varios se persignaron.
«Compañeros, si eso no es una rotura de orto en cuotas, entonces no sé qué es.»
Los murmullos de aprobación recorrieron el recinto.
«Frente a semejante agresión simbólica, no podemos responder con siglas tibias y burocráticas. Necesitamos organizaciones anatómicamente preparadas para el conflicto. Si ellos vienen con una narrativa de rompimiento esfinteriano, nosotros debemos responder con estructuras sindicales de igual o mayor calibre morfológico.»
La moción fue aprobada por unanimidad.

Aunque para ser justos, tres delegados de P.I.J.A. se habían quedado dormidos antes de la votación y otros dos se encontraban de licencia por agotamiento preventivo.
Con el paso de los años aparecieron tantas organizaciones que resultó imposible recordar sus nombres. Fue entonces cuando decidieron unificarse bajo una sola bandera.

Fieles a la tradición, eligieron una sigla de gran profundidad conceptual: F.O.R.R.O.S. Frente Obrero Revolucionario para la Reducción Obligatoria del Sudor

Desde entonces, F.O.R.R.O.S. se dedicó a combatir cualquier indicio de prosperidad que pudiera surgir en el reino lejano.

Si una empresa funcionaba correctamente, intentaban cubrirla con reglamentos, trámites, permisos, contrapermisos, formularios, subformularios y recursos administrativos hasta que olvidara cuál era su actividad original.
Si aun así sobrevivía, celebraban una asamblea para decidir nuevas formas de entorpecerla.
Si un trabajador demostraba entusiasmo, eficiencia o voluntad de superación, era rápidamente catalogado como sospechoso. Lo rodeaban. Lo señalaban. Lo llamaban «carnero» y procuraban convencerlo, con alguna amenacita por aquí, una presionadita por allá, a abandonar tan peligrosa conducta antes de que contagiara a otros.

Con el correr de las décadas, los resultados fueron notables. Numerosas empresas cerraron sus puertas. Otras desmontaron sus operaciones.
Algunas hicieron las valijas y emigraron hacia otros reinos menos imaginativos.
Los miembros de F.O.R.R.O.S. consideraban cada partida una importante victoria estratégica contra la amenaza del desarrollo.

Hubo incluso intentos heroicos por arruinar actividades que todavía funcionaban, como la pesca. Los resultados fueron modestos, pero eso jamás desalentó a quienes entendían que todo fracaso es apenas un éxito sindical en estado larval.
Finalmente, el movimiento resumió toda su filosofía en una frase sencilla: «Si funciona, hay que romperlo.»

Los ciudadanos del reino veían todo con preocupación, porque sabían que la oscuridad nunca cae de golpe, se anuncia de a poco y cuando queremos acordarnos ya lo cubrió todo. A veces llega con consignas disfrazadas de preocupación y una lista de exigencias imposibles. A veces, disfrazada de defensora del trabajador contra los peligros del trabajo. Y sabían que cuando llegara la oscuridad, casi siempre inevitable en estos casos, cuando finalmente desaparecieran las empresas, los empleos y la inversión, los F.O.R.R.O.S se mostrarían de lo más atareados y preocupados, reuniéndose en asambleas urgentes para denunciar la alarmante escasez de trabajo…que ellos mismos lograron conquistar…

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